![]() |
LA GRACIA DE LA CORRECCIÓN FRATERNA... P. Fernando Gar-Mar., Sch.P... |
|
"Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos" (Mt 18,20). Fruto de la presencia del Señor en medio de la comunidad es su palabra. Y por eso toda comunidad cristiana es profética, no sólo en cuanto mensajera hacia los no creyentes, sino también hacia los hermanos que son la comunidad. Palabra que se torna vivamente eficaz cuando se comparte y se reflexiona en común; cobra una sorprendente dimensión de actualidad. Palabra que puede ser de aliento o de iluminación en los problemas personales o en las tareas apostó1icas. El cristiano -y el religioso- que ha hecho de la caridad el instinto motor de su vida, intuye la crisis y la llaga escondida que atormenta al prójimo, y se hace vehículo del mensaje de Dios para el hermano. ¡Que nuestra palabra no sea nunca palabra de perdición; palabra asoladora como un pedrisco, que convierte en irrecuperable lo que era simplemente pasajero! ¡Que lo que es comunidad de salvación no se convierta en comunidad de perdición! A veces jugamos irreflexivamente con la palabra como niños con el fuego. Toda palabra es agua sana que fertiliza o agua envenenada que mata. Toda palabra siembra alegría o tristeza, entusiasmo o desesperanza; toda palabra es generadora de fraternidad o de recelo. Por eso Santiago recomienda vehementemente revisar si es semilla de muerte o de vida la palabra que vamos a pronunciar (Stg 3,5-6). La corrección fraterna es necesaria. Es una expresión de amor y un valioso ejercicio de caridad. San Pablo recomienda una profunda humildad en quien se acerca al hermano para corregirle (Gal 6,1) para que la corrección no sea un gesto de fariseísmo y superioridad. Jesús denuncia la altanería de quien pretende sacar la paja del ojo ajeno cuando tiene atravesada una viga en el suyo (Mt 7,3-5). La corrección es necesaria para conocer la verdad de nosotros mismos, ya que "nadie es bueno en causa propia" y "los árboles impiden ver el bosque". Estamos demasiado cerca de nosotros mismos, y no hay distancia suficiente para vernos con todos nuestros contornos. Por eso necesitamos ineludiblemente del juicio crítico y fraterno de quienes están a la distancia justa. La corrección es una urgencia grave del amor, porque es grave el mal del que hay que liberar al hermano. "Si tu hermano te ofende, ve y házselo ver, a solas entre los dos. Si te hace caso, has ganado a tu hermano" (Mt 18,15)... Cada uno de los miembros de la comunidad recibe el impulso del Espíritu Santo para decir la verdad a los hermanes y a la comunidad entera. Callar es ser infieles a Dios que nos convierte en sus profetas, y al amor de los hermanos a quienes regateamos el bien soberano de la verdad sobre ellos mismos. Corregir es ofrecer un diagnóstico que no puede deducir por si mismo. En el orden psicológico nos sucede como en el orden material: llevas excremento de pájaro en la espalda y no lo sabes porque no lo ves; tienes manchada la cara y no te percatas de ello. Exactamente lo mismo ocurre en el orden psicológico. Dios pone en nuestros labios palabras de vida para el hermano. Cuando la corrección funciona "con modestia y suavidad" (Gal 6,1) por parte del corrector y de los corregidos, provoca cambios sorprendentes en la conducta. El deseo de ser corregido es una señal inequívoca de conversión. Pero la corrección es un menester duro e ingrato, como el dar la noticia de una desgracia a la madre del accidentado. Por eso se omite casi siempre; por eso se prefiere callar, y murmurar, decir la verdad traidoramente; por eso hay demasiada murmuración y tan poca corrección amistosa. La murmuración es una palabra de Dios frustrada y adulterada que se equivoca de destinatarios; estaba destinada al interesado para dar vida, y se queda en los curiosos para dar muerte a todos los implicados en la murmuración. Es una palabra de Dios profanada. La corrección resulta incómoda en su ejercicio porque el hombre se siente más inclinado al comentario rastrero. Curar una herida es siempre doloroso; por eso hay que hacerlo con cuidado y con amor. Hablamos de corrección. Pero, ¿por qué no hablar también del elogio; de exaltar y resaltar los valores que reconocemos en los demás? Ellos son una verdad que necesita saber el hermano más que la de las carencias y defectos. Las personas no sólo necesitamos saber y conocer nuestras sombras, sino también nuestros resplandores. Es necesario para un concepto adecuado de sí mismo, para liberarse de una imagen distorsionada, para tener una acertada autoestima de sí mismo, un concepto equilibrado y realista de la propia personalidad. La carencia de autoestima es la peor de las tragedias psicológicas. "El superior ha de tener gran paciencia y no ha de lamentarse en público, sino, llamando aparte a quien haya cometido algún error, advertírselo como un padre".(S. José de Calasanz, Carta 9 ago 1632). PERDONAR…
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||