MINISTERIO "SACERDOTAL" ESCOLAPIO

P. Javier Negro, Sch. P...

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Aclaración:

Siempre he echado de menos un estudio apropiado, conciso y profundo a la vez, sobre el sacerdocio, o mejor el ministerio presbiteral del escolapio, que incluya, por una parte, la visión histórica, social y doctrinal del presbiterado en el s. XVII, cuando nacen las Escuelas Pías, con la situación religiosa y eclesial del laicado y más concretamente la ubicación eclesial del niño de entonces en la Iglesia romana y europea en general; y, por otra parte, una reflexión profunda sobre el ministerio eclesial del escolapio hoy.

Intuyo que nos daría mucha luz y que orientaría grandemente actuaciones posteriores escolapias, enriqueciendo nuestro ministerio escolapio. Ojalá este deseo sea pronto una realidad y una vez conseguido se incorpore al elenco de los conocimientos de la Formación Inicial de todo escolapio y al patrimonio teológico y pastoral de las Escuelas Pías. Pues así quedarían despejadas muchas incógnitas sobre la realidad del escolapio sacerdote y sobre la opción por el ministerio como "hermano" o como "padre". A muchos de quienes han optado por el primer estado, les he preguntado sobre las razones de su opción o de su permanencia en el mismo. Y siempre he obtenido razones de tipo pragmático, de eficacia personal o, a lo sumo, de respeto hacia el sacerdocio. E intuyo que también el sentido de muchos "padres" viene de una funcionalidad sacramental del ministerio sacerdotal: "decir Misa" a los niños, "confesarlos" y, como mucho, "predicar" a los niños y muchachos de nuestros centros o bien realizar, cuando los obispos nos lo piden, un servicio eclesial sacerdotal más de tipo litúrgico-sacramental, a veces casi exclusivamente. De ahí que parece vivirse como secundario atender pastoralmente a enfermos, animar la catequesis de adultos y de jóvenes por ejemplo y, en general, el tipo ministerial integral (pastoral, evangelizador, sacramental, litúrgico, diaconal, oracional, la koinonía…).

Detrás están las preguntas elementales, que a veces son las más sencillas, las menos respondidas y las más difíciles de responder: ¿por qué soy sacerdote o presbítero?, ¿por qué soy sacerdote y presbítero escolapio?, ¿para quién soy sacerdote y presbítero escolapio?, ¿cómo soy sacerdote y presbítero escolapio?...

Me gustaría disponer de tiempo y de medios de todo tipo (libros, revistas, encuentros con peritos, diálogos entre nosotros, etc.) para profundizar y divulgar todo esto y así clarificar mejor nuestro ministerio y contribuir a dar un sentido más vivo a nuestro sacerdocio escolapio.

Mientras, en estas líneas sólo deseo exponer intuiciones que tengo, "rumores" de verdad, deseos de un desbroce de sendas por las que creo que puede comprenderse nuestro ministerio específico presbiteral escolapio. No voy a profundizar en un estudio como debiera ser, como los lectores merecen y como a mí me gustaría; ni a justificar con referencias doctrinales, ni siquiera a fundamentar mínimamente las afirmaciones que haga. Trato mas bien de expresar propia sponte et libenter intuiciones por donde podríamos buscar nuevos conocimientos enriquecedores de nuestra misión y ministerio y una motivación para la posterior acción ministerial sacerdotal escolapia entre tantos sacerdotes como estamos en nuestra Orden; estamos más necesitados hoy de ello, pues la tarea y misión escolapia ha de ser redefinida y actualizada para ser fiel a la misma, creo yo, en todos los lugares donde vivimos y compartimos la vida, la fe y la gracia de Dios con los hombres de nuestro tiempo, no sólo en el Norte.

EN PRIMER LUGAR, HOMBRE DE FE…:

En cuanto sacerdote, el escolapio, como todo sacerdote ordenado, con un ministerio presbiteral al servicio de y para una comunidad cristiana, debe tener su referencia en el sacerdocio de Cristo, quien antes que nada fue hombre de fe, tal como nos lo reflejan los Evangelios. Su comunicación y diálogo con el Padre es una constante en su vida de cada día: Jesús interioriza, contempla al Padre, pone todo en sus manos y en su mirada, lo alaba, le interroga, le pide y suplica, lo presenta y ofrece a los demás, hace lo que su Espíritu le inspira, está permanentemente a su escucha, sigue únicamente su voluntad, etc.

Anunciar la Palabra de Dios de manera autorizada no es posible de ningún modo sin este estilo de relación con Dios, es decir, sin una fe personalizada, viva e interiorizada. "Para que los ministros de Cristo sumo sacerdote digno de fe sean plenamente también ellos dignos de fe, confiables y autorizados, la condición principal es que estén llenos de fe. El servicio de la Palabra de Cristo, sumo sacerdote digno de fe, exige una perfecta sinceridad y una dedicación generosa. Sólo así el presbítero es también é ‘digno de fe’ " (2 Cor.4) 1

Ni tampoco será posible, digno, ni tendrá calidad sacerdotal ni autoridad sacerdotal, un presbítero sin la referencia viva y constante al mismo Jesucristo, puesto que el sacerdocio del presbítero es el sacerdocio de Cristo personificado y presentizado en él al servicio de la comunidad de Jesucristo. Su sacerdocio no es suyo ni para él, como si fuera una adquisición propia, un ejercicio meramente voluntario, un don o un objeto del que puede disponer a su gusto. En el Vaticano II (P.O.) aparece como doctrina clara, firme y segura que el sacerdocio ministerial está al servicio común de los fieles, es para ellos, es el de Jesucristo, en el presbítero, para la comunidad, no para él mismo, para su adorno, su prestigio o su enriquecimiento personal o su realización personal.

No es lo esencial los estudios teológicos del currículum sacerdotal, por otra parte algo necesario e importantísimo, ni las bellas ideas en la predicación, también fundamental su contenido y modo de servirlo a la comunidad, ni el activismo pastoral fatigante, ni las homilías, que a veces, por otra parte, son muy pobres e insustanciales para estos tiempos. Sin una fe personalizada, interiorizada y dadora de sentido a su vida, no hay nada que hacer como sacerdote. Viene a ser un rol, una función, una profesión…

Si "educar es participar en un proceso de personalización del educando, con quien compartimos lo mejor de nosotros mismos" 2, le será imposible ayudar a personalizar la fe, a quien no sabe personalizar, porque no lo ha experimentado o no lo experimenta en sí mismo, su relación particular con Dios y con Jesucristo.

Si nos situamos en el sacerdote y presbítero escolapio, me lo imagino en el aula, en la reunión, en el templo o capilla u oratorio de niños, con un grupo de niños o de adolescentes, de jóvenes, de padres y/o madres, en el colegio, otros pocos en la parroquia, transmitiendo fe, como un catequista por excelencia (conscientes de que el catequista viene definido en la Iglesia así: el transmisor de la fe, no el que enseña la doctrina) en y con su vida, sus palabras, pero sobre todo viviendo la fe como valor esencial para sí mismo, como el valor que da sentido a sus horas, su trabajo, su dedicación, sus relaciones, y que lo transmite por ósmosis, más que por palabras. A la vez, por su preparación, bagaje cultural y puesta al día y por su modo de relacionarse con dignidad, afronta sin temor y con seguridad el diálogo fe-cultura. vida-evangelio. Y, sobre todo en el contexto sociorreligioso de hoy en que la cultura religiosa está alcanzando niveles mínimos históricos, y en el momento actual escolapio nuestro en que la edad media avanzada de los religiosos y la paulatina retirada del frente de las aulas es cada día más patente, al sacerdote escolapio se le presenta un bello campo en otras áreas para cultivar lo que en nuestro documento Desde Cristo se llama "la caridad cultural: hay que elevar el tono científico-humanista de nuestros religiosos y de nuestras Obras, sobrepasando incluso el círculo de lo escolar" (nº 74). Y cita V.C. (nº 98) con este texto, que es una llamada urgente a los religiosos en esta línea y que no tiene ninguna palabra de desperdicio: "La vida consagrada necesita también en su interior un renovado amor por el empeño cultural, una dedicación al estudio como medio para la formación integral y como camino ascético, extraordinariamente actual, ante la diversidad de culturas. Una disminución de la preocupación por el estudio puede tener graves consecuencias también en el apostolado, generando un sentido de marginación y de inferioridad, o favoreciendo la superficialidad y ligereza en las iniciativas".

Desde otro aspecto considero que a menudo en nuestra historia escolapia, como en la Iglesia en general, hemos vivido un sacerdocio más cultual que pastoral, más del Antiguo Testamento que del Nuevo; un sacerdocio ministerial excluido, a veces excluyente, del mundo de las personas, clerical, que un sacerdocio-relación al estilo del de Jesucristo, que se hizo uno de tantos para dignificarlos en la reintegración en y con Dios; y hemos vivido un sacerdocio ministerial más autoridad que servicio y diaconía misericordiosa también al estilo de Jesucristo. Porque se enseñó a muchos escolapios que luego no han vivido la teología y eclesiología del Vaticano II a ejercer un sacerdocio de sacramentos, de cumplimiento de prácticas religiosas; un sacerdocio sin pastoral o, mejor, con una pastoral que presuponía ya como dada una evangelización que conducía más a una aceptación social de la fe heredada que a una personalización e interiorización de la misma. Esto, en nuestro mundo actual, cultural e intelectualmente adulto y crítico que exige razón de todo y en el que se impone un diálogo fe-cultura serio y responsable, nos ha desestabilizado en la marcha rutinaria confiada y continua de nuestro actuar escolapio, educativo, evangelizador, catequético y sacerdotal; y nos ha situado en una estancia a la intemperie social y religiosa, al aire libre del mundo nuestro, sin haber encontrado aún una nueva ubicación que nos proporcione la mínima seguridad para poder vivir y ejercer nuestro ministerio con un estilo diferente, nuevo, actualizado y verdaderamente servidor para que sirva 3.

Por otra parte, la dimensión espiritual en el sacerdote es esencial, no sólo importante; sin una espiritualidad viva la persona está muerta para el ejercicio de su ministerio, apática, anémica, languideciente… Juan Pablo II en la carta a nuestro último Cap. General nos escribió: "a ejemplo del Apóstol Pablo, Calasanz contemplaba cada día a Cristo crucificado y se esforzaba en imitar sus virtudes; tendía a conocerlo siempre más a fondo, y recurría siempre a Él. Y de esta frecuentación asidua del Señor, crucificado y resucitado, provenían aquella caridad y aquella entrega a los niños y jóvenes, especialmente pobres, que caracterizan la misión de vuestro Fundador".

En el mismo documento citado, en la nota 2, se nos indican líneas interesantes a seguir que luego se han plasmado en políticas para el sexenio 2003-09 y que van a costar a la mayoría por no conocerlas siquiera generalmente, cuanto menos experimentarlas, pero que empezadas a poner en práctica son muy asequibles y fructíferas: pedagogía del silencio y de la escucha, escucha del Maestro Interior que todos y cada uno lleva dentro, discernimiento no sólo de lo que pensamos sino también de lo que sentimos, necesidad de un acompañamiento personal en nuestros propios procesos de fe y de sacerdocio… (nos. 11-13).

… HOMBRE DE MISERICORDIA:

Etimológicamente, misericordia es poner el corazón en la miseria humana, en la marginación, en la herida, en el dolor, en el rechazo, en la vulnerabilidad… No es un sentimiento superficial, sino una capacidad adquirida por medio de la experiencia del sufrimiento personal propio y del próximo. Para el teólogo Jon Sobrino, la misericordia es la primera nota característica del Dios de la Biblia (ya el título de uno de sus libros: El Principio Misericordia). Dios ve, observa a su pueblo, a su gente, y desde sus entrañas surge la com-pasión, el amor, la acción de intervenir en su favor. Es esencial para el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal escolapio la actitud previa de saber mirar, saber ver, saber desdibujar, concretar y definir lo que en nuestras entrañas surge cuando contemplamos, vemos y miramos más allá de un perfil humano y nos encontramos con la persona, el hermano, la hermana y reconocemos y respetamos detrás de las apariencias, debilidades e ignorancias una historia propia personal sagrada, única, la historia sagrada de Dios encarnada en él o ella, ante la que no nos queda más remedio que descalzarnos los pies, como Moisés ante la zarza ardiendo, o arrodillarnos como ante un sagrario, porque para el sacerdote, para el escolapio, la persona, el niño o niña, el o la joven, el alumno, es un sagrario particular, al ser la persona de Jesús encarnada en él, como Calasanz recordaba a sus escolapios.

Claro que para compadecer de verdad es necesario haber padecido personalmente, para ser misericordioso es preciso haber experimentado la misericordia para consigo mismo. Sólo así se podrá compadecer y ser misericordia de Dios y de Jesucristo encarnada en uno mismo para los demás. Es fundamental haberse experimentado perdonado, reconocido, sanado… Ya que nuestra vocación sacerdotal escolapia nos impulsa a hacer nuestros los mismos sufrimientos, pruebas, experiencias dolorosas, las mismas heridas y carencias de aquéllos a quienes queremos ayudar, para quienes somos sacerdotes porque Calasanz lo quiso así y la Iglesia nos reconoció así. Recientemente uno de nuestros religiosos escolapios cameruneses nos definía así: "prêtres dans l’école", como algo característico, llamativo e identificativo frente a los demás sacerdotes: reconciliadores, sanadores, salvadores en la escuela.

"Todo su ministerio (el de Jesús) fue una revelación de la misericordia del Padre hacia los enfermos, los endemoniados, las gentes abandonadas, y sobre todo, los pecadores… Con el don total de sí, Jesús sustituyó todos los sacrificios rituales antiguos y obtuvo aquello que ellos pretendían en vano alcanzar: la alianza, la comunión entre los seres humanos y Dios… La muerte de Jesucristo no fue un sacrificio ritual, sino un acto de extrema misericordia… La auténtica misericordia hacia los pecadores consiste en asumir generosamente su situación dramática provocada por los pecados y ayudarles a salir de ellos" 4

El escolapio: hombre de alianza para el niño y para el adolescente, el joven.., en su situación de ruptura consigo mismo, con los demás, con su familia, con la sociedad, la naturaleza, a causa del pecado descrito en el Génesis, necesitado de un arco-iris constante sobre el cielo de su existencia, de un signo presencial vivo encarnado en un hombre que sea dado para él, de parte de Dios, diciéndole con convicción, como Yahvé a Noé después del diluvio: no temas, no habrá ya más herida, ni más soledad, catástrofe, ruptura… en tu vida, porque yo soy para ti, yo caminaré a tu lado, yo estaré siempre ahí, a tu lado, como fiel hermano y amigo en las alegrías y en las penas, en lo fácil y lo difícil. El sacerdocio tiene también una dimensión esponsal fundamental poco explorada en la Iglesia. Y, sin embargo, esto es lo que el obispo encomienda en la ordenación al sacerdote, al presbítero: amar, servir con sus obras y sus palabras a la comunidad para la que es ordenado, que en el caso del escolapio es, en primer término, sus alumnos, jóvenes, sus familias, sus hermanos de comunidad, etc. Así, luego, tendrá verdadero sentido la eucaristía que va a presidir y celebrar con su comunidad; en los sacramentos celebramos lo que vivimos y la realidad de la misericordia de Dios en Jesucristo para el mundo y de Jesucristo para con su Iglesia. Si normalmente nuestros sacramentos son vacíos de contenido y de fiesta es porque no vivimos en la calle, en la ciudad, en la escuela, en la realidad prosaica del día a día, lo que luego vamos a celebrar en el templo o la capilla: la alianza, la unidad, la misericordia, la vida comunitaria, la reconciliación, el amor, la enfermedad, la salud…: "este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí".

La diferencia de la ofrenda de Jesucristo con la de los sacerdotes de la antigua alianza y de los de otras religiones es porque la suya es personal y existencial, mientras que la de aquéllos era sólo ritual. Podemos caer en la experiencia de un sacerdocio al estilo de la antigua alianza, o tradicional al estilo del mundo religioso precristiano, si hacemos de nuestra eucaristía o de nuestro sacramento de la penitencia con nuestros niños y jóvenes un mero acto ritual, más o menos estético, pero sin el aval y la garantía de una experiencia de relación misericordiosa con ellos y de una com-pasión fundada en un amor de Dios encarnado en nuestro corazón hacia ellos, pues no estamos llamados a amar solamente con el afecto y el consejo y la exigencia, sino también con el amor de Dios en nosotros mismos, para nosotros y para ellos, tal como viene definida la verdadera caridad: amor desde Dios, en Dios y al estilo de Dios, no solo amor humano. La relación con Dios es esencial en El ministerio sacerdotal, como hemos visto en el apartado anterior, ya que la misericordia del sacerdote consiste ante todo en ser solidario con quienes sirve "delante de Dios". Ya la etimología de sacerdote (hiereus = reconciliador de los hombres con Dios, con lo sagrado) implica esencialmente esa relación con unos y con El Otro. Sólo así el sufrimiento y las penalidades humanas pueden ser presentados como verdadera ofrenda eucarística y solidaridad divina con la humanidad en la celebración comunitaria eclesial. El sacerdote es así no quien causa esas realidades sino quien hace presentes a unos y al Otro, siendo en cierto modo como la persona-sacramento de este misterio de solidaridad eucarística divina y humana. En realidad el sacerdote no representa a Dios, sino que lo presentiza en su existencia.

…Y HOMBRE DE COMUNIDAD:

Está claro: el sacerdote de la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo, el sacerdote de la Nueva Alianza, no es para sí, ni es sacerdote de un sacerdocio meramente cultual y ritual, ni un profesional del templo, ni la persona asilada, el chamán, que reside a media distancia, en el recinto particular del bosque sagrado de entre el pueblo, allá abajo, y los dioses, allá arriba, para intervenir e interceder y mediar para estos el favor divino. El sacerdote de Nuestro Señor Jesucristo es el pastor que conoce sus ovejas por su nombre y ellas le conocen y reconocen su voz, que no le pertenecen, pero las ama como si le pertenecieran, por encomienda de Jesucristo el único y verdadero sacerdote-pastor de las ovejas.

El escolapio, en cuanto tal, como educador, como religioso y como sacerdote tiene una vocación especial a ser experto en comunión y ser hombre de comunidad, ya que nuestras obras, en cuanto educativas, han de ser obras esencialmente comunitarias: "todas nuestras obras, aun las no escolares, han de subrayar fuertemente la dimensión educativa. Especialmente las escuelas han de estructurarse como lugares de encuentro, laboratorios de escucha y comunicación, donde alumnos y alumnas perciban los valores de forma vital. El trabajo en grupo y el debate sereno facilitarán la educación para la paz y el diálogo interreligioso. La escuela se convertirá en ámbito de comunión y de atención a la diversidad" (Desde Cristo, 62). No está de más recordar también la llamada de la Iglesia al religioso a ser hombre de comunión: "se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión…" (V.C. 46).

En la realidad, es difícil encontrar un escolapio que viva, sienta y experimente que su sacerdocio es para una comunidad concreta, no ya sólo para la comunidad Iglesia institución grande, universal, sino esa comunidad concreta específica de sus alumnos, su familia, los grupos cristianos a quienes está llamado a dar vida como sacerdote, su centro, ese lugar teológico humano sacramental, donde también se hace presente la Iglesia de Jesucristo, en comunión con las demás comunidades cristianas eclesiales, por amor a la cual se ha comprometido a vivir su sacerdocio y su vida religiosa, es decir, se ha comprometido a vivir un estilo de vida semejante al de Jesucristo, radical en disponibilidad, en austeridad de lo superfluo y a la escucha de la voluntad del Padre, como lo estaba Jesús...

Conocer a sus ovejas, una a una, es también una verdadera actividad sacerdotal de enculturación en el mundo concreto de los niños y jóvenes de hoy. Si no se vive la pertenencia concreta a una comunidad también concreta, no habrá ilusión ni esperanza en el ejercicio ministerial sacerdotal y se quedará únicamente en la presidencia genérica e impersonal, de la celebración de unos sacramentos (eucaristía y penitencia) esporádica y sin motivación verdadera, que pueda ilusionar y motivar a la comunidad.

Así podemos afirmar que cada sacerdote "tiene" la comunidad que se "merece" y cada comunidad también "tiene" el sacerdote que se "merece". Por eso, esto es tarea eclesial actual importantísima. Llamados a conocernos y a amarnos, sacerdotes y comunidades, vivimos alejados como desconocidos. Y en ello es el sacerdote, por su formación, por sentido a su sacerdocio y por sentido eclesial quien si no "tiene" comunidad está llamado a crearla primeramente, aunque sea partiendo de cero; así lo han hecho los primeros misioneros, empezando por Pablo de Tarso, y es lo que hizo el mismo Jesucristo: convocar, llamar, crear comunidad en torno suyo y a su Palabra.

Nuevamente acudo al "Desde Cristo" (45 C.G.): "para facilitar y cultivar la opción de fe es muy importante en nuestras instituciones educativas la presencia de una comunidad cristiana (RR.115) meta de nuestros procesos pastorales, integrada en la pastoral diocesana. Para quienes opten por la fe o para quienes ya la profesen, esta comunidad ofrecerá itinerarios catecumenales sistemáticos, una pedagogía de la oración, desde los más pequeños (oración continua), celebraciones y graduales compromisos apostólicos…" (Nº. 72). Cuesta muchísimo a todos, religiosos y laicos, hacer nacer siquiera una comunidad cristiana en uno de nuestros centros.

Calasanz, siguiendo la teología sacerdotal de su tiempo, de acuerdo a su genial intuición de función preventiva de la religión en la educación, tal vez nos quiso sacerdotes para sus Escuelas Pías, sobre todo para la celebración de los sacramentos entre los niños, poco atendidos en las parroquias y en las iglesias particulares de entonces, y para la realización de determinados actos cultuales y oracionales entre y para ellos. Pero seguramente hoy su modo de actuar y de proponer sería completamente distinto, adecuado y adaptado a la teología y la realidad eclesial actual.

El sacerdote es persona de comunidad y para la comunidad. No precisamente de una parroquia, de un grupo concretos, de una asociación eclesial, sino de y para una comunidad concreta y particular que preside y anima propiamente. Todo ello en coordinación con la Iglesia diocesana, cierto, con la Iglesia particular en la que vivimos y a cuya vid estamos injertados, en unión con otros carismas particulares individuales e institucionales (otras comunidades de vida consagrada), que enriquecen esa Iglesia particular (V.C. 48 y 52).

Está claro que hemos vivido durante muchos años de espaldas a esa Iglesia concreta particular diocesana, siendo nuestras Obras, nuestros colegios como islas dentro de la misma, como obras a espaldas de la Iglesia diocesana y a veces también de la sociedad del entorno, sin una coordinación con la pastoral de conjunto, ni con los objetivos y las actividades de la acción evangelizadora, pastoral, litúrgica, catecumenal, sacramental y de caridad de la diócesis en la que vivimos insertos. Así también será difícil y rara una buena pastoral vocacional, porque no se conoce, ni siquiera dentro de la misma Iglesia, nuestro carisma, tal vez sólo de oídas, ni se conoce nuestra aportación especifica a la Iglesia, nuestra historia, nuestro Fundador… Nos hemos limitado a sustituir a sacerdotes en celebraciones sacramentales, o bien últimamente, ante la escasez de presbíteros, estamos respondiendo generosamente a la demanda, con frecuencia urgente y angustiosa de los obispos asumiendo enteramente parroquias, sin estar, por otra parte, debidamente y específicamente preparados para ello y sin una verdadera vocación presbiteral parroquial.

Son puntos para la reflexión y para el diálogo entre todos, en un mundo que está cambiando vertiginosamente y que no se está pareciendo en casi nada al de hace sólo unos pocos años.

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1 VANHOYE,A.: Aspectos fundamentales del sacerdocio en el Nuevo testamento. Sel. De Teol. 173(2005),32

2 45 Cap. Gral: Desde Cristo,6

3 Mons. J. GAILLOT: "Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada". Pablo VI: "la razón de ser de la Iglesia es evangelizar" (E.N.)

4 VANHOYE,A.: id.,págs.34-35