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DOLOR..., EL DE LA CRUZ

Francisco José del Moral Chaves....

   

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"Dolor…, el de la Cruz". Estas palabras constituyen no sólo un epitafio, sino el resumen más certero de una vida dedicada a los suyos. Han sido pronunciadas hace poco más de una semana, desde la resignación más ejemplarizante, por una anciana de noventa años, madre, esposa y abuela, a su marido y a sus hijos en el transcurso de una larga enfermedad.

La persona por la cual escribo este artículo, nació en un pequeño pueblo de Cáceres, dentro de una familia acomodada, conservadora y de fuertes convicciones religiosas. Estudió y fue educada para ser una señorita "sin ocupación", como irónicamente ha comentado a lo largo de su longeva vida; y, cómo no, para casarse con un adecuado contable con quién aburrirse hasta la saciedad.

Rebelde por naturaleza y mansa de espíritu, se enamoró de un joven licenciado humilde, de poca solvencia económica pero rico en cualidades. Ella leía partituras que él no podía digerir siquiera; y, no si dificultad, lo que comenzó siendo un coqueteo ha llegado a convertirse en una relación basada en el respeto, y posiblemente en la mutua admiración, que dura más de sesenta y tres años y que cada día se sustenta con lazos más fuertes y sólidos.

Las discrepancias de caracteres de ambos, han sido más que evidentes; y lo que desde fuera del matrimonio ha parecido siempre un enigma, tiene una respuesta estremecedoramente sencilla: NOS AMAMOS EN CRISTO.

Describir de esta forma una relación puede resultar más que insultante y llegar, incluso, a herir "la sensibilidad" de algunos sectores de población, o convertirse en objeto de burla en una sociedad tan desestructurada y carente de referentes como la nuestra, -y en la que el concepto "Familia" es puesto continuamente en tela de juicio para dar rienda suelta a las exigencias de determinados grupos de presión-.

No son pocos los partidos políticos y las corrientes ideológicas que rozan el totalitarismo más exacerbado, disfrazados –eso si-, de amantes de la libertad e instauradores del respeto a la dignidad humana; pregoneros de independencias y de individualismos generosos, los que con alevosía pretenden acabar con la familia como referente, y de esta forma, poder ejercer sobre el hombre un control absoluto. Así se publicitan nuevos matrimonios, cuando el matrimonio no puede ser cuantificado, porque como tal, es el que es.

El matrimonio y la familia son campos en que abonar las libertades, en los que el crecimiento responsable germina con más fuerza y florece la plenitud. Aportan una estabilidad serena, un cobijo donde refugiarse y desde donde proyectar ilusiones y trazar caminos. Una comunión de amor que sobrepasa el amor carnal considerándolo como medio, y no como fin.

Somos prisioneros del hedonismo imperante en un mundo que, desconcertadamente arbitrario, relega a la familia hacia el ocaso de la convivencia. El sexo se nos presenta como un premio del que disfrutar al final de una larga jornada de trabajo, como una forma de evasión, como un juego con que divertirnos; y banalizamos el fruto carnal del amor a nuestro antojo. Postmodernos, liberal-libertarios, triviales, dueños de nuestros cuerpos, amantes de relaciones sustentadas con fino papel de sentimiento y cimientos de atracción y pasión sin más… nos derrumbamos, nos sentimos fracasados, perdedores…

Y es aquí donde entra en juego la Cruz de Cristo, y el Calvario, y la Familia que durante siglos ha jugado y juega un papel tan importante, y que tan relacionada ha estado con el Gólgota.

El regalo del Calvario se presenta como símbolo del acontecer en la unión de los hombres; y quiso hacerlo no en Belén, cuando la niñez solapaba los momentos amargos, sino poco antes de unirse con el Padre, en plena agonía. Y lo hizo porque familia es también sufrimiento aunque esto cada vez se entienda menos.

Por eso, cuando a la anciana cacereña le preguntaron si en su enfermedad sentía dolor, viéndose acompañada por los suyos, entre los que estaba yo, acordándose de lo que es verdaderamente la familia, respondió: "Dolor…, el de la Cruz".
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