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LA EXPERIENCIA DE UN MISIONERO..

  ESCOLAPIO CON SUS PADRES

P. Fernando Negro Marco Sch. P. -  (Bangalore 28 Octubre 2006)..

   

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"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan…

Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre que son mis favoritos y viviría enamorado del amor.

A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que ¡envejecen cuando dejan de enamorarse! A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no viene con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes los hombres... He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada. He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño pulo, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre".

(Carta de despedida de Gabriel García Márquez, premio Novel de Literatura, enfermo de cáncer)

Hace tan sólo tres días que he vuelto de mis vacaciones en España. Como siempre, he estado en casa de mis padres y la mayor parte de mi tiempo y mis energías las he dedicado a estar ahí, junto a ellos. En esta última ocasión los he visto mucho más en decadencia física. Pero su fe está en alza, a prueba de tiempo, sólidamente establecida, como si, más que de fe, de una "evidencia" se tratara.

Recuerdo a mi padre en muchos ratos silenciosos, ya que apenas oye y anda próximo a la ceguera, con un silencio de una belleza inmensa al verlo santiguarse de vez en cuando, mirando con las manos entrelazadas sobre la mesa, como si estuviera rezando, perdida su mirada. Y lo mismo mi madre con constantes letanías en sus labios y su oración interminable por todos sus hijos, sus familiares y el mundo entero…

Mi padre lleva más de tres años asistido por el cuidado y el cariño excepcionales de mi hermana Isabel. De vez en cuando se da sus paseos por la casa con su andador. Ha hecho de la casa capilla viva: se para delante del icono de la Virgen del Perpetuo Socorro para orar un instante, luego va a la mesilla donde hay un Cristo colgado de la pared, lo toca y hace la señal de la cruz. Y al pasar por delante del Corazón de Jesús lo mira aún sin verlo y se santigua con un respeto y espontaneidad que hablan de un convencimiento hecho hueso de sus huesos. Un sobrino mío le decía "abuelo, ten cuidado que no ves donde está el Cristo y te vas a caer"; y mi padre le respondía: "No lo veo, pero sé donde está, así que no te preocupes".

¡Qué bonito! No ver y sin embargo saber que Él está ahí. Su respuesta me tocó algo por dentro y se convirtió para mí en una bonita simbología de lo que significa la fe: fiarnos de Él aunque no lo veamos. Este incidente me trae a la memoria aquel verso de Juan de la Cruz: "¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche!".

Todos los días a las 12 del mediodía, mi hermana coloca alrededor de la mesa a mi padre y a mi madre. A mi padre le pone unos cascos conectados a la TV para que pueda oír bien, y juntos los tres, participan de la Eucaristía que se transmite por la cadena de Popular TV. Llegado el momento de la paz intercambian un beso y en el momento de la comunión cada cual toma un trozo de pan corriente que mi hermana ha dejado preparado previamente sobre la mesa… ¿No es esto una auténtica eucaristía? ¡Pues ciertamente que sí!

La mayor parte de los días que he estado de vacaciones he celebrado la Eucaristía en casa de mis padres. Ha sido ésta una gracia especial: poder celebrar el sacramento de una manera sencilla alrededor de una mesa con mi hermana y las dos personas que me han traído a la vida y quienes me han pasado la fe. Cuando el día 23 de octubre yo salía de regreso para la India, dos horas antes de mi partida, celebramos la última Eucaristía. Fue un momento entrañable. Tras la celebración me comentaba mi hermana Isabel que algo le decía que ésa podría ser realmente la última que yo celebraría así con los dos padres vivos… Pensar en esa realidad me hace sentir a la vez triste por la partida y agradecido a Dios por haber tenido la suerte de unos padres como ellos.

Otra cosa que me ha "tocado" profundamente es ver a mis padres crecer en su relación con gestos de ternura, buscando momentos (¡muchos!) del día para besarse, para cogerse de las manos sin mediar palabra o para acariciarse… Es de una belleza extraordinaria verlos haber crecido con esa "graciosidad" que los hace tan "humanos" y tan "divinos" a un tiempo. Y mi reacción espontánea es decir: "Señor, gracias por el regalo de mis padres".

Esta pequeña reflexión es un tributo que rindo a mis padres y a los de todos los que me leéis, estén vivos o muertos. Y esto me trae a la memoria aquel código de conducta Hindú que dice: "Si deseas ofrecer una flor a quien amas no esperes a que muera; preséntasela ahora mismo, mientras vives, hermano, mientras vives... No esperes a que la gente muera para empezar a amarlos y a mostrarles tu cariño... Hazlo ahora, mientras vives, hermano, mientras vives… No te contentes con visitar monumentos adornando con flores las tumbas; llena de amor los corazones y hazlo ahora, mientras vives, hermano, mientras estás vivo"
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