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Antes
de regresar de Camerún a España, el P. Mariano Grasa me pedía
Hace unos 9 años que visité por primera vez Camerún con un grupo de Setem. La experiencia fue hermosa. En ese tiempo comenzaba alguna pequeña obra en torno a la misión de Bamenda. Eran todavía pocos los escolapios que estaban en Camerún. Ahora, he podido contemplar los frutos que va dando ese pequeño retoño de la Escuela Pía. Conforme iba conociendo las nuevas comunidades e iba hablando con los escolapios, me daba cuenta de la gran riqueza que Camerún es para la Provincia de Aragón y para toda la Escuela Pía. Nuestros hermanos en Camerún trabajan con los pobres y para los pobres. Todas sus obras, las que ya están en marcha y las que se piensan de cara al futuro están orientadas hacia la educación integral y la promoción del niño y del joven. Proyectos como los comedores escolares, la escuela técnica de Bamenjou, el hogar para niños de la calle que próximamente se va a abrir, la escuela agraria de Menthe, son obras que contagian fuerza, ilusión y esperanza. Verdaderamente esto es hermoso y, a mí personalmente, me transmiten un profundo entusiasmo y ganas de seguir trabajando y viviendo mi vocación con una gran esperanza. Esto me lleva también a hacer, en voz alta, una pequeña reflexión: nosotros que estamos en el primer mundo, en el norte, dedicamos grandes esfuerzos a sobrevivir lo mejor que podemos y sabemos en nuestras viejas estructuras, apuntalando, incluso con nuestras propias vidas, los grandes colegios. Pero quizá, en medio de este sobre esfuerzo que nos ocupa tanto tiempo y espacio en nuestras vidas nos olvidamos de ver, de acompañar, de facilitar, de cooperar e incluso de valorar el nacimiento y el crecimiento de lo nuevo, lo diferente, aquello que supone un reto, un volver a apostar por el niño más pobre y necesitado. Estos días, nuestros hermanos de Camerún con su entrega, sencillez, trabajo, pero especialmente con su gran entusiasmo, han hecho que me enamore más de mi vocación escolapia y de mi compromiso de darme con todo mi ser a los niños y jóvenes más necesitados. Como decía al principio de este breve escrito, he podido ver, en este poco tiempo, cómo la Escuela ha florecido en Camerún, pero lo que verdaderamente me ha impactado y ha tocado profundamente mi corazón no han sido las obras, que son admirables, sino que habéis sido vosotros, queridos hermanos cameruneses, quienes me habéis llenado de gozo. El número de vocaciones es alentador, pero especialmente me ha llamado la atención ver comunidades felices, alegres, llenas de vida y de esperanza, con una fuerza arrolladora para empujar proyectos que ya existen y pensar y soñar en proyectos nuevos. Quizá sería bueno ahora que vamos a comenzar el periodo capitular que volvamos los ojos a Camerún y miremos con amor ese hermoso retoño de la Escuela Pía. Que en nuestras programaciones y proyectos para la Provincia de cara al futuro fijemos nuestros ojos en aquellos que están en plena etapa de crecimiento. No olvidemos que los padres tienen muchas veces también que aprender de sus hijos para contagiarnos de esa vitalidad y energía renovadora que nos pueden ayudar a enfocar nuestro futuro de una forma diferente, con apertura, sin miedos, con valentía para afrontar los cambios que se nos avecinan. Hace 450 años que nació S. José de Calasanz. Para todos nosotros es algo muy hermoso contemplar que su obra sigue naciendo, creciendo y desarrollándose en muchos lugares donde niños y jóvenes necesitan ser educados en la piedad y las letras y sentirse acompañados en su formación integral para garantizar en todos ellos una vida y un futuro feliz. Gracias, queridos hermanos cameruneses, por vuestra fraternal acogida, llena de amor y de un sin fin de detalles que han hecho de estos días una experiencia inolvidable en medio de vosotros. Ojalá que, cada vez que vengáis a España, os podamos brindar a todos vosotros un poquito de lo que a mi me habéis dado. Gracias de corazón
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