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  E D I T O R I A L

INVITACIÓN A ORAR

   

Sí, cada vez más se oyen voces más fuertes de que éstos son tiempos de espiritualidad, que en medio del desierto humano de valores humanos y religiosos, los hombres no son felices y buscan ser fieles al rumor de demanda de espiritualidad que en sus entrañas es cada vez más fuerte: "levanto mi grito a los montes ¿De donde me vendrá la salvación? La salvación me viene de Dios que es mi salvador".

En lo tocante a espiritualidad la oración es esencial y necesaria. Orar es una necesidad; no orar no es un pecado, es una desgracia. No necesitamos justificaciones. Todas las escuelas de espiritualidad comienzan por enseñar a la persona que quiere orar a recogerse. Sólo una mente atenta y concentrada puede descubrir una presencia que nos lleva a una dimensión supraempírica.

Y en este mundo nuestro consumista, estamos llamados especialmente a ser testigos de espiritualidad y de oración, como consagrados, como presbíteros que convocan a la comunidad, animan a la comunidad y son canales de espiritualidad para la comunidad.

No es tanto cuestión de prácticas o de diversidad de oraciones. Creo que en nuestra provincia escolapia de Aragón, al menos hoy, la fidelidad a cumplir con los actos comunitarios de oración, en general, es alta; incluso pienso que también es alta en calidad. Se trata más bien de vivir la oración como actitud permanente, como espíritu vivo, como talante, como si fuera el hilo pasador de las cuentas del rosario, que son las múltiples y diversas actividades que vivimos durante el día. Se tarta de vivir la comunión con el Otro que habita en lo más profundo de nuestro interior, de modo que lo transparentemos en nuestro mirar, hablar, relación con los otros, estilo de hacer las cosas, de acoger, de escuchar...

La oración nos unifica en el unum necesarium que responde plenamente a nuestras aspiraciones, acalla la inseguridad vivida entrañablemente producto de nuestras preguntas últimas no respondidas, y resuelve nuestras tensiones internas y externas consecuencia de un vivir disperso y di-vertido de la fidelidad a ser nosotros mismos.

Se puede formular de muchas maneras. Nuestro Fundador, San José de Calasanz, lo escribe así en sus Constituciones: "Sin el cultivo de la oración toda Familia religiosa está próxima a su relajación y desmoronamiento... En profundo silencio y sosiego del cuerpo y del espíritu, nos esforzaremos en contemplar a Cristo crucificado y sus virtudes para conocerle, imitarle y recordarle frecuentemente durante el día".

Como Escolapios, tenemos la suerte de tener, además del Maestro Interior de cada uno, al que seguramente escuchamos menos que a otros maestros, otros muchos maestros: los niños, sobre todo los más pequeños. Hemos "resucitado" en estos años la oración con los niños pequeños: desde los 3 años a los 12. En nuestro Proyecto Pastoral de Provincia y de cada colegio contemplamos su existencia en los niveles de Educación Infantil y Primaria. Quienes animan estos grupos afirman que reciben mucho más que lo que dan. Y sin embargo los agentes primeros, llamados por Calasanz a esta tarea y misión, fallan; hay aquí una laguna importante. ¿No será que nos falta esa virtud tan necesaria para hacer verdadera oración, tan evangélica y tan calasancia, como es la humildad? Sin humildad la oración es una acción farisaica (Lc. 18,9-14).

Javier Negro, Sch. P.