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EL SILENCIO DEL ESTUDIO,

EL SILENCIO DE LA ORACIÓN

Daniel Alejandro Contreras Uriel (Soria, 22-09-07)

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El silencio que medita la vocación de enseñar,

el que ungía la presencia paciente, tutelar,

leída la liturgia de las horas, al cuidar

de los alumnos, el Padre a quien llamar.

El que profesaba la sala de estudiar:

espacio en orden, pausado, intemporal,

a la vez interior, único, personal

y pedagógico del internado colegial.

El mismo que llenaba la capilla, al celebrar

la Eucaristía diaria y permanece, al recordar

que estudiar, para aprender, es aprender a estudiar.

El que en grupo o de forma individual

sigue sigiloso a la voluntad de rezar

y el que da cobijo al Alma, que al orar,

al iniciar la plegaria, íntima y sin editar,

se retira, se abstrae, para, callados, hablar

consigo y con Dios, a solas, sin pronunciar

un pensamiento que, a ambos, pudiera perturbar.

El mismo que, externo, envuelve al mundo actual

y, al oírlo, es compañía, no es soledad

y es, aunque invisible e inmaterial, tan real,

como es Ser en el Ser de la humanidad.

Es un silencio abierto, propio de la consciencia,

aprendido y escuchado, después, con la edad,

en el que la Verdad es siempre la Verdad.

Educar, conducir al Principio sin final,

traer de la Sabiduría el conocimiento integral.

Formar en el tiempo y para la Eternidad:

Obra y tarea que pervive a San José de Calasanz

y, en Soria, en el Colegio de Nuestra Señora del Pilar.

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