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JESÚS NO QUERÍA MORIR ASÍ

José Antonio Gimeno Jarauta, Sch. P. 

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Estoy unas horas de oración con el Señor en el silencio y paz de esta capilla, reviviendo el misterio del amor de Dios al hombre que se manifiesta en Jesús, hasta el fin, hasta dar la vida en dejarse asesinar en una tremenda injusticia humana. Él no quería sufrir ni morir (y menos así), el Padre no quería la muerte ni el sufrimiento de su Hijo, pero asumió las consecuencias de haberse hecho uno con los hombres en todo, menos en el pecado, para mostrarnos así que el amor del Padre y su perdón eran más grandes que la injusticia, el dolor, los sufrimientos, todos nuestros pecados y sus consecuencias, que iban a machacar a Jesús.

Todos los pecados habían sido perdonados gratuitamente, por puro amor suyo, desde el comienzo de los tiempos; pero la manifestación de este perdón, en el tiempo de la humanidad, fue cuando Dios se manifestó en Jesús, haciéndose uno como nosotros por amor, optando por ser pobre como lo eran y son la gran mayoría, oprimido, rechazado por predicar el Reino, traicionado, siendo víctima de injusticias, mientras Él todo lo hacía bien, amaba, curaba, atendía a los marginados y rechazados; y siempre perdonando a todos; hasta en la cruz lo pedía al Padre.

Con la oblación de toda su vida, hasta su muerte, nos demostró el amor incomprensible y el perdón de Dios a todos los hombres de todos los tiempos, conozcan o no su mensaje. ¡Qué hermosura de revelación! ¡Qué maravilla ese amor de Dios al hombre! Sin moneda de cambio, sin estar condicionado a nada, ni a cumplir unas leyes; gratuitamente nos da su amor, su perdón, por nuestras traiciones en ese mundo de pecado que los hombres construimos. Y nos envía su Espíritu Santo para cambiarnos el corazón hacia ese Dios-amor y misericordia, para que podamos hacer como Jesús: amar a Dios inmensamente en todas las personas, en las que se manifiesta, desde mi comunidad a toda la sociedad, sobre todo en las que sufren, empobrecidas, oprimidas, marginadas, sin voz, que no son nada ni cuentan, construyendo en el amor real ese Reino de Dios, de paz, de justicia, de libertad.

Y además con la seguridad y certeza de que, si tratamos de vivirlo así, resucitaremos a la nueva vida, como Él resucitó: ya somos ahora su cuerpo resucitado cuando actuamos así, como Él lo hizo. Pero cuando perdamos esa vida con la muerte, seremos resucitados como personas nuevas a esa vida, ya en adelante gloriosa, con Jesús, con Dios, con todos los santos. ¡Qué alegría interior siento! ¡Cómo animan todas estas realidades a vivir en ese amor y esa entrega continua a todos, y asumiendo el dolor y sufrimiento que conlleve! Ahora y los próximos años de mi vida no puedo vivir en mi "castillo" de la comunidad, sino que debo buscar a fondo la manera de ayudar a los que sufren, quizás emigrantes, o los que sea. No cabe jubilación. Calasanz tampoco se jubiló.