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LA ORACIÓN DIARIA EDUCA, FORMA Y ACOMPAÑA

Extracto del artículo de Amadeo Cencini realizado por Javier Negro, Sch. P.

   

El espíritu de oración es mucho más que las prácticas de piedad. Oración, para el cristiano, es relación con el Dios Trinidad. Y en este sentido se comprende que el Padre-Dios es en efecto el educador, que nos revela la verdad; el Hijo es el formador que plasma en nosotros actitudes profundas; y el Espíritu es el acompañante que nos conduce a la vida.

La relación con Dios constituye la respiración secreta del crecimiento del creyente; es decir, la oración nos educa en cuanto que excava y saca a la luz la verdad de nosotros mismos; nos forma en cuanto modela en lo hondo de nuestro corazón el sentimiento y actitud del Hijo; y nos acompaña en cuanto nos hace experimentar la paternidad y pro videncia del Padre y nos hace compañeros de viaje de los hombres, nuestros hermanos.

LA ORACIÓN EDUCA:

La oración educa porque orar significa estar delante de la verdad de Dios en la verdad de uno mismo. El problema no es cuánto reza uno, o si es fiel, como suele decirse, a sus prácticas de piedad, sino la calidad veritativa de su estar delante de Dios, su orar "en espíritu y en verdad". Es dramáticamente posible para el profesional de lo sagrado vivir una relación con lo divino que no ponga en juego a la persona, que no la obligue a sacar fuera su realidad más íntima, que no le desvele los monstruos que la pueblan: "este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí". Alejado de Dios, alejado de sí mismo.

Quien se acerca a la verdad de Dios, como hace el orante, se acerca también a la verdad de sí mismo y debería experimentar también cuán distante está de Él en sí mismo. Acercarse al Santo, al Otro, significa descubrir la verdadera oración, la del Kyrie eleison, la oración quizá más antigua y verdadera rezada nunca por corazón de hombre.

Por el contrario, quien sale de la presencia del Absoluto con la sensación de ser mejor que los demás, tranquilizado y tranquilo en su hábito de oración ritual, no ha encontrado a Dios sino a una especie de imagen suya engañosa y falaz y mucho menos se ha encontrado a sí mismo. Toda oración debería tener ese aspecto penitencial; de lo contrario, simplemente no es verdadera.

En la oración verdadera emerge el mal que hay en nosotros, nuestros demonios (inseguridad, individualismos, egoísmos, miedos, tristezas, temores...), las raíces con frecuencia inconfesadas, sutilísimas motivaciones no descubiertas que amenazan toda opción de vida evangélica del sacerdote y consagrado. La lectio de la Palabra, la contemplación de la cruz de Jesús, el examen de conciencia y la oración de los salmos deberían constituir una peregrinación hacia las fuentes del yo y dar lugar a un mayor conocimiento y experiencia del propio corazón.

La oración diaria educa de hecho y hace descubrir la verdad del sacerdote y del religioso sobre todo porque es, y en la medida en que es oración de escucha de Dios y de cuanto sale de su boca.

Por la mañana la Palabra es acogida y esperada como aguarda el centinela la mañana; es luego gustada en su dulzura y saboreada en su dureza; es custodiada en el corazón como un tesoro; es adoptada como criterio de discernimiento para las decisiones que hay que tomar; se convierte en raíz y motivación de fondo de todo acto; es la vida a la que el sarmiento debe permanecer unido en toda operación; pero sobre todo es don de salvación que se cumple en los acontecimientos cotidianos y que sólo la oración de la tarde, al término del día, puede reconocer como salvación ofrecida.

LA ORACIÓN FORMA:

La oración de cada día forma porque da una estructura y una configuración precisas a la persona orante de cada día y a la existencia del consagrado y del presbítero, sobre todo a través de la vida sacramental y de la lógica subyacente a ella.

Por otra parte, también forma la oración en el apostolado diario del consagrado y del presbítero, pues la oración es alma del apostolado. Es lo que ocurre, por ejemplo, a propósito de la Eucaristía de cada día: en el cuerpo partido y en la sangre derramada el presbítero y el consagrado encuentran cada uno su identidad, su forma y norma de vida, y también la fuerza para hacerla realidad. No pueden alimentarse de ese cuerpo partido y de esa sangre derramada sin la disponibilidad concreta a partir su propio cuerpo y derramar su propia sangre por los demás, por la comunidad a que está llamado a servir, por vocación ministerial, y por los hombre y mujeres para quienes desde su consagración compromete su existencia, en consecuencia de su consagración al Dios. De todos.

La eucaristía diaria es ocasión diaria única para decidir también cada día más pan partido y sangre derramada, poniéndose cada vez más en sintonía-sincronía con la pascua del Cordero.

Y también forma el apostolado ya que es verdad que el apostolado es alma de la oración: porque en el apostolado hay una experiencia de Dios propia que se hace únicamente en el ministerio y misión, donde hay una posibilidad incluso de intimidad contemplativa con Él que es propia y peculiar de sólo el apóstol. El apostolado educa para buscar y encontrar a Dios en la historia sagrada del prójimo, afinando la mirada y sensibilidad del apóstol para experimentar la compañía misma del Espíritu para sí mismo y para quienes sirve.

Así el apóstol presentiza en su pequeña historia la Historia del Hijo de Dios, entregado a la muerte por amor, narrando en los fragmentos de su tiempo la plenitud salvadora de cada acontecimiento humano.

LA ORACIÓN ACOMPAÑA:

La oración que hace compañía es la que puede expresar cualquier estado de ánimo y cualquier anhelo interior: de súplica e intercesión, de alabanza y acción de gracias, incluso de rabia y desilusión ante Dios, así como de pasión y compasión. Tiene lugar en tiempos determinados y se prolonga a todo instante y circunstancia del día, abarcándolo por completo, como un murmullo constante del espíritu o una verdadera respiración del alma.

No es cuestión, por tanto de orar con perseverancia y sin interrupción asumiendo obligaciones oracionales específicas. No, el ánimo orante es sobre todo el corazón docible (no sólo dócil y observante) que en todo momento se deja instruir por su Dios, busca su Palabra y escruta su presencia, escucha su reproche y siente su consuelo, soporta sus pruebas y saborea su intimidad.

De este modo, la oración misma engendra y da a luz al creyente y hace nueva la jornada, como un parto renovado cada día. La oración se convierte en una especie de red que envuelve la jornada y la mantiene unida en torno a ciertos nudos, que son las citas ordenadamente distribuidas a lo largo del día y que hacen patente la sacramentalidad del tiempo.

Cuando un creyente descubre y vive el poder unitivo de la oración, puede decir que ha encontrado el centro de su vida, lo que le permite sumergirse en la complejidad no sólo sin perderse, sino incluso narrando e indicando a todos el centro o corazón de la vida: ha elegido la mejor parte, que nadie podrá quitarle (Lc 10,42).
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