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ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA Ángel Mª. Garralda, Sch. P. |
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En
el frontis del altar de la capilla del postulantado, aquí, en Cristo Rey, puedo
leer todos los días: "Id también vosotros a mi viña". Éste podía ser el
Quisiera invitaros a que penetráramos espiritualmente en el alcance de un envío: "Id también vosotros", y en la gravedad de un encargo: "a mi viña". Lo que urge en nuestra Provincia es tratar de llenar de señorío y dignidad nuestras personas y tratar de que se extienda esa "epidemia" a todos..., al mayor número posible de nuestros hermanos y compañeros. Entre ellos hay, ciertamente, ejemplos de ese "saber ser y saber estar". Pero hay otros que necesitamos ser contagiados de "divinidad". Hay más rutina que conciencia, más "pachorra senil" que serenidad, más pesimismo latente que realismo... Y tenemos que hacerlo desde la actitud calasancia del abandono en Dios y la confianza en su Poder. "Debemos creer que Dios guía todas las cosas a mayor gloria suya y bien nuestro, aunque nosotros, como ignorantes y débiles en sus cosas, algunas veces tenemos por adverso lo que nos es útil, y por conveniente lo que nos es contrario. Dejemos, pues, guiar la barca a su divina majestad y recibiremos de su mano santísima todo lo que nos suceda" (30-08-1631). "Quedaos quietos y veréis la salvación de Dios, que vendrá sobre vosotros (2Cro.20,17). Esto es lo que estamos ahora pidiendo por vosotros (2Mc.1,6) para que no os contristéis, sino que brille más vuestra fuerza en la prueba. Por la falta de vista no puedo continuar escribiendo. El Señor nos bendiga a todos" (20-05-1647) No tengamos miedo a la espiritualidad, a las razones del Espíritu, que nunca nos sentiremos más impelidos a la acción que cuando sintamos su Aliento sobre nosotros: Él no puede contradecirse. Si Él, el Espíritu, fecundó las aguas primordiales para que de ellas surgiera la vida, y formó el Cuerpo encarnado de Jesús en el Seno de María, ese mismo Espíritu, si nos dejamos alcanzar, nos empujará a la máxima fecundidad encarnada. Esa Voz interior inspiró esa palabra: "la fe sin obras es una fe muerta".
Dice Simone Weil: "La trampa de las trampas es la cantidad". Y también: "Lo que nosotros poseemos (ciencia..., máquinas, herramientas...) es a esta sociedad confiada lo que la grosera y "empírica" ciencia de los egipcios era al pensamiento griego. Se necesitaría algo parecido al ‘milagro griego’". (Cuadernos.). No llegaremos al fondo de nuestro ser haciendo que funcionen los proyectos... ¡Se pueden conseguir, logrando una rutina de acción, incluso una acción rutinaria!. Llegaremos al fondo de nuestro ser tratando de restaurar y aún reconstruir las capacidades del alma. Manejamos con más ceremonia, atención y apego una botella de marca, o el Libro de las Horas de Santo Tomas que el Cáliz de la Eucaristía. Hace bien poco tiempo se ha escrito: "A más cómo, menos por qué". Es una ley de obligado cumplimiento. ¡Y cuánto pueden esterilizar los esteticismos...!
Llegar a los problemas desde la psicología o
desde la sociología nos condena a quedarnos en ellos. Si tratamos de
trascenderlos, nos da la impresión de que los desvirtuamos. Pero llegar a esos
mismos problemas
"Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele tu agonía en el mundo, en tus hermanos. Que hay hambre, ese resumen de injusticias; que hay hombre en el que estás crucificado. Gracias por tu palabra que está viva..., gracias porque eres Dios y hablas a Dios de nuestras soledades, nuestros bandos". ¿En quién, si no es en el Hijo del Hombre, pueden alcanzar su máxima gravedad los problemas, las desesperanzas? Y sólo por eso, puede aparecer en nuestras Constituciones eso de que "...completamos en nuestra carne, por amor a la Iglesia, lo que falta a la pasión de Cristo..." (20)
ID TAMBIÉN VOSOTROS
"Lo que de verdad necesitamos es un cambio
radical en nuestra actitud
Mientras haya un envío: "Id también vosotros...", hay un requerimiento, hay un sentido. ¿Os acordáis del relato de Saint-Exupéry, en Tierra de Hombres, en el que evoca la hazaña de su amigo Guillaumet?. "Yo traigo aquí, Guillaumet, el testimonio de mis recuerdos. Hacía cincuenta horas que habías desaparecido, en pleno invierno, durante una travesía de los Andes... Habíamos perdido ya toda esperanza. Ni siquiera los contrabandistas, esos bandidos que, allá abajo, cometen un crimen por cinco francos, no se aventuraban a guiar expediciones de socorro por los contrafuertes de la cordillera: «Sería tanto como jugarse la vida —decían—. Los Andes, en invierno, no devuelven a los hombres.» Cuando Deley y yo aterrizamos en Santiago, también los oficiales chilenos nos aconsejaron suspender nuestra busca. «Estamos en invierno. Aunque su compañero haya logrado salir ileso de la caída, no habrá sobrevivido a la noche. Allá arriba, la noche convierte en hielo al hombre.» Y mientras me deslizaba de nuevo entre las murallas y los gigantescos pilares de los Andes, me parecía no estar buscándote, sino velando silenciosamente tu cuerpo en una catedral de nieve. Por fin, al séptimo día, en tanto almorzaba yo entre dos travesías en un restaurante de Mendoza, un hombre empujó la puerta y gritó... ¡Oh!, fue poca cosa: -¡Guillaumet... vivo! Y todos los desconocidos que se encontraban presentes se abrazaron. Diez minutos después, yo había despegado, tras haber cargado a bordo a dos mecánicos. Transcurridos cuarenta minutos, aterricé a lo largo de una carretera. Había reconocido, no sé cómo, el automóvil que te llevaba no sé adonde, por el lado de San Rafael. Fue un hermoso encuentro. Todos llorábamos y te estrujábamos entre nuestros brazos, vivo, resucitado, autor de tu propio milagro. Fue entonces cuando tú manifestaste, y aquélla fue tu primera frase inteligible, el admirable orgullo de un hombre: «Lo que yo he hecho, te lo juro, ninguna bestia sería capaz de hacerlo.» -Entre la nieve —me decías—, se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, tres, cuatro días de marcha, lo único que se desea es dormir. También yo lo deseaba. Pero me decía: Si mi mujer cree que estoy vivo, me ve caminando. Los compañeros piensan asimismo que ando. Todos ellos tienen confianza en mí. Y seré un cerdo si no ando. -Pensaba en mi mujer. Mi póliza de seguro la libraría de la pobreza. Sí, pero la póliza... En los casos de desaparición, la muerte legal se retrasa durante cuatro años. Este detalle se te apareció con tanta claridad... Lo que salva es dar un paso. Otro paso más. Siempre es el mismo paso el que se recomienza. «Te juro que ninguna bestia sería capaz de hacer lo que yo he hecho.» Esta frase, la más noble que yo conozco, esta frase que sitúa al hombre en su verdadero lugar..." Soy muy consciente que esta reflexión no se la estoy ofreciendo a unos adolescentes. Lo sé. Pero, ¿acaso no hay llamadas, envíos, requerimientos en el Evangelio? ¿Acaso no hay un "Yo te amo. Tú eres mi hijo" de Dios dicho a cada uno de nosotros? ¿No es una buena razón para seguir viviendo y tratar de hacerlo con toda la consciencia de la que sea capaz? Detrás de cada uno de esos envíos, de cada uno de esos requerimientos está una Voluntad, un Corazón que está esperando: Dios-Padre.
"Id también vosotros A MI VIÑA". "La viña, tan preciosa, tiene algo misterioso. Su madera carece de valor (Ez.15,2-5) y sus sarmientos estériles sólo son buenos para el fuego (Jn.15,6); pero su fruto regocija "a dioses y a hombres" (Jue.9,13): la viña oculta, por tanto, un misterio más profundo: si lleva alegría al corazón del hombre (Sal.104,15), hay también una vid cuyo fruto es el gozo de Dios" (Léon-Dufour)
un canto de amor dedicado a su viña: Mi amigo tenía una viña en una fértil colina. La cavó y despedregó, plantó en ella cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar... La viña del Señor todopoderoso es el pueblo de Israel y los hombres de Judá su plantel escogido..." (Is.5,1-7) ¿No sería esto suficiente para sentirnos en el Proyecto de Dios, en su Corazón?. Pero hay más. "Jesús es la verdadera viña, gloria y gozo del Padre. Lo que Israel no ha podido dar a Dios, Jesús se lo da. Él es la viña que produce, la cepa auténtica, digna de su nombre. Él es el verdadero Israel. Él fue plantado por su padre, rodeado de cuidados y podado, a fin de que llevara fruto abundante" (Léon-Dufour.) "Yo soy la vida verdadera y mi Padre es el viñador" (Jn.15,1). "Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz" (Mt.15,13). Cristo-Jesús es el auténtico lugar, el campo, el destino último de la misión recibida. Puede crear perplejidad, hasta rechazo, este pensamiento. Pero en los Santos Padres de la primera hora, por ejemplo en san Cipriano, esta era su ocupación y pensamiento: trabajar en el crecimiento de Cristo. ¿Qué querrá decir, si no, esa expresión de la carta a los Efesios: "...hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud..." (Ef.4,11-13)?. Todo en estado de tensión: crecimiento y espera. Y nosotros, puestos en medio de ese "tinglau". No se trata de angustiarnos, se trata de creernos eso de: "Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo". Se trata de decir con san Pablo: "Doy gracias a aquel que me revistió de fortaleza, a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me consideró digno de confianza al colocarme en el ministerio..." (1Tm.1,12).
"Id también vosotros a mi viña"
(Mt.20,4). |