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TESTIGOS DE LA ORACIÓN

José A. García Monge, S. J.

   

Más que hacer oración, el hombre es testigo de la oración. El hacer es válido para esa infraestructura de la meditación en la que se verifica la experiencia oracional.

La oración no se dice, se escucha. Cuando hacemos dentro de nosotros un profundo silencio, comenzamos a escuchar la oración.

Pablo escribe a los Romanos que no sabemos orar como conviene, pero el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad y ora dentro de nosotros con gemidos inefables.

Es el espíritu el que ora en nosotros. La misión del orante es silenciar su ser, a la escucha de ese rumor del Espíritu. Sucede como cuando, en la noche, en el silencio del bosque, nuestra sed se ve aliviada por la escucha de un rumor de agua que guía nuestros pasos: no vemos nada, sólo oímos el rumor y nos guiamos por él. Así ocurre en la oración. El hombre escucha ese rumor del agua viva en lo más profundo de su ser. Como es inefable no encontrará conceptos y palabras para decir la oración. Pero esa escucha, en el cristiano, tiene un fruto más profundo. Él sí puede convertir el rumor en una palabra.

Habéis recibido el Espíritu de adopción por el que clamamos ABBA, PADRE. Esta es la palabra primordial en la oración, con todo el significado de fuente fecunda de libertad y de amor empapado en una cercana ternura; significado eficaz.

El silencio que llenaba nuestra meditación, ha tenido su palabra: ABBA. La meditación es entonces el valor de adentrarse en el silencio, con la esperanza de encontrar la palabra que puede llenarte de vida.

ABBA es el secreto de la oración, la palabra radical, más íntima a nosotros mismos que nosotros mismos.

Pero ABBA es una palabra difícil. Creer que la vida te viene de Otro, que es el único que puede decir plenamente YO. Creer que el otro es fuente de libertad y amor. Todo esto sólo es posible con la Gracia.

ABBA es una palabra difícil; por ello la oración es transformante. Para que esta palabra tenga su sitio en tu experiencia humana, tiene que subvertir, tal vez, tu orden de valores. Para que en la vida del hombre pueda echar raíces la palabra ABBA, es necesaria la acción de Dios que siempre conlleva una conversión, una transformación.

Orar diciendo, por haberlo escuchado primero, ABBA, es comprometerse a crear la infraestructura humana, social e individual, desde la cual el hombre pueda decir con gozo PADRE.

La oración tiene sentido y pide sentido cuando es la consciencia actualmente gozosa de la estructura dialogal de la fe.

La fe cristiana está hecha de palabra y de respuesta. La gratuita irrupción de la PALABRA que acampa en la Historia, en nuestra historia, despierta la posibilidad de una libre respuesta hecha de confianza.

El darse cuenta de que la decisión mía no es un monólogo intelectual, sino un diálogo místico, es el momento de la oración.

La meditación es entonces inseparable conciencia y expresión de la fe; sabiduría profunda que guía una ortopraxis, elegida no desde el deber y la culpabilidad, sino desde el asombro y la comunión.

En este sentido podemos decir que empezamos a orar cuando empezamos a creer y que empezamos a creer cuando empezamos a orar.

Sin embargo, lo que llamamos hacer meditación supone, además de ese dinamismo creyente de la fe, una condensación del darse cuenta contemplativo, una autocomprensión, una consciencia de la vivencia creyente.

La oración es esa consciencia del diálogo que nos constituye personas creyentes; de ese yo-tú que nos saca del mundo de las cosas y nos permite nombrarlas y darnos cuenta de que no somos algo, sino alguien porque ALGUIEN nos nombra y nos llama así.

La oración cristiana supone un ejercicio constante de discernimiento, aplicable no solamente a los signos de los tiempos, sino a las imágenes que polarizan nuestra atención orante. Si iniciamos el camino de una meditación con imágenes, hemos de confrontar constantemente esas imágenes con los datos experienciales y con la Revelación.

En la oración de Jesús, tal como aparece reflejada en los Evangelios, inciden diferentes imágenes de Dios: la Tradición Sapiencial le aporta un Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos, un Dios providente que viste a los lirios del campo y que alimenta las aves del cielo; para el cual hasta los cabellos de nuestra cabeza está contados. Jesús ora a ese Dios y recrea su visión de la realidad a la luz de ese Dios. La Tradición profética, en cambio, presenta un rostro de Dios que Jesús asume en su oración y en su vida: es el Dios parcial que opta por los marginados, sensible a la injusticia, fiel, cuya imagen se rompe o se rehace en la actitud del hombre para con el hombre, en la superación de la idolatría. Esta imagen de Dios puede, incluso a pesar nuestro, seducirnos si nos exponemos a orar. El Dios apocalíptico, radical, que crea cielos nuevos y tierra nueva, que irrumpe como el relámpago, también aparece en la oración de Jesús de Nazaret. Y por último, el Dios del silencio, del no-poder, del dolor impotente, ese Dios a quien Jesús dirige las súplicas de su pasión, ese Dios que parece ausencia de Dios. También se acerca de esta forma a nuestra oración.

En todas las imágenes Dios es siempre mayor; y su realidad más profunda es el AMOR.

La oración no puede delimitar a Dios, De hacerlo así, lo convertiría en un ídolo.

Para el cristiano, orar cristocéntricamente no sólo no es una actitud piadosa; es más: es la posibilidad de no manipular a Dios. El Jesús de la Historia y el Cristo de la Fe son los dos polos tensionales de la oración cristiana, que dirigiéndose al Cristo resucitado, pasa por el cuerpo y la historia de Jesús.

Sólo así la oración es algo vivo y, a la vez, con un perfil concreto, que no acierta a desdibujar nuestros miedos, alineaciones o fantasías proyectivas.

Jesús nos da la posibilidad de ver al Padre viéndole a Él. Nos otorga el Espíritu para vivir como hijos, para orar con libertad y confianza filial.

Orar a ese Dios no supone salirnos de la historia para ir a la eternidad; sino situarnos en la historia captando su gravidez de eternidad.

La oración no es fundamentalmente un anhelo que nos lleva más allá del tiempo; sino que alienta la lucha contra la configuración del espacio y del tiempo que no visibilizan el Reinado De Dios.

La oración es historia en nuestro cuerpo, en nuestra vida. Es Historia de Salvación.
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