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INTRODUCCIÓN
En
el marco de la celebración de este año especialmente
dedicado a San Pablo,
Saulo de Tarso no conoció físicamente al Señor, y sin embargo fue encontrado por Él de tal manera que su mundo de valores quedó trastocado y su vida entera fue profundamente afectada. Cristo Resucitado hizo de él algo nuevo. De hecho Pablo dirá más tarde que “para el que está en Cristo hay una nueva creación; lo viejo ha pasado”. Pablo, como dice en la carta a los Filipenses, fue un hebreo circuncidado, nacido de hebreos, un fariseo y un fanático que persiguió a la Iglesia. Nadie se le igualaba en cuanto al cumplimiento de la ley, pero lo que antes era causa de orgullo, una vez que Cristo irrumpe en su vida, se convierte en basura comparado con el supremo conocimiento de Cristo el Señor (Fil 3, 1-11) Pablo era judío legalista y fanático que veía en el camino de vida cristiana un peligro real para el puritanismo de la religión judía. Esta fue la razón por la que persiguió a esta “nueva secta” que iba infectando poco a poco las mentes y los corazones de muchos, enseñando por doquier que Cristo, el Crucificado, había resucitado de entre los muertos. El punto culminante de la vida se Saulo fue cuando, autorizado por el sumo sacerdote, iba por las sinagogas de Damasco en busca de los seguidores del Camino. Cristo Resucitado, Jesús, se le aparece bajo una luz poderosa que lo ciega. Tan fuerte y significativa fue esta experiencia que en todas sus cartas no dejará de hablar de esta experiencia fundante que le dio una nueva vida (2Co 5,17). De hecho el libro de los Hechos de los Apóstoles trae a la memoria este encuentro en tres momentos (Act 9, 11-9; 22, 6-16; 26, 12-18) Pabló experimentó que el Señor lo había cautivado totalmente. Por eso sus cartas están llenas de expresiones tales como “en Cristo”, que es lo mismo que decir “vivir en Cristo”, “actuar en Cristo”, “esperar en Cristo”. Cristo por encima y por debajo, Cristo siempre a su lado. Expresiones como “en Cristo Jesús” y similares aparecen como unas 160 veces en sus cartas. LA EXPERIENCIA DE CRISTO RESUCITADO
Pablo
elaboró la teología básica de cuya fuente bebemos hasta el
día de hoy. Aunque no conoció a Cristo físicamente, la
experiencia de haberse encontrado con Él fue tan
A través del bautismo entramos en un proceso permanente de muerte al pecado avanzando hacia la plenitud de Cristo, haciendo de nuestra vida una ofrenda existencial, pues somos “linaje escogido y sacerdocio real” (1 Pe 2, 4-10). Sin embargo deberemos tratar de evitar una falsa interpretación según la cual tratásemos de imitar moralmente a Cristo, aunque no tuviéramos su experiencia de gracia. No, en el lenguaje de Pablo “imitar” a Cristo es sobre todo “configurarse con Él” en la experiencia mística de morir con Él para resucitar con Él. Y es desde esta experiencia de donde nace una manera nueva de vivir. Los que han sido atrapados por Él, como Pablo en el pasado, o como Edith Stein en nuestra era y muchos otros de diferentes períodos, entran en un proceso progresivo de identificación con Cristo al que podemos llamar “cristificación”. San Pablo dice que “los que fueron bautizados en Cristo han sido revestidos en Cristo” (Gal 3, 27) Cristo Resucitado el Nuevo Adán; por consiguiente, estar revestidos de Cristo es como compartir la novedad del Espíritu de Jesús que Él envía a los corazones de quienes creen (1 Co 15, 45; 2 Co 5, 17). La persona que ha encontrado al Señor cambia, pero no por imperativos morales: este cambio o transformación es una expresión viva de una manera nueva de ver la vida, con la visión misma del Espíritu que le habita y no tanto a través de una lista de reglas a seguir; es una nueva visión que naturalmente implica una ruptura con el pasado, una manera nueva de vivir (Ef 4, 26-30; Gal 5, 25-26) EL CRISTO RESUCITADO CONTINÚA SU TAREA TAMBIÉN HOY
Hoy
Cristo continúa tocando y cambiando las vidas de muchos,
porque Él es el mismo
La judía Edith Stein, filósofa discípula del fenomenólogo Husserl empezó leyendo algunos libros cristianos junto con el Nuevo Testamento. Un día tomó un libro de casa de una amiga; era la autobiografía de Santa Teresa de Jesús. Se sintió cautivada por la lectura y, llena de admiración, exclamó: “¡Ésta es la verdad!”. Inmediatamente compró un catecismo y un misal. Luego fue a una parroquia y pidió ser bautizada. Esto sucedía el 1 de enero de 1922. Tomó el nombre cristiano Teresa Edwig La mayor dificultad era cómo informar a su madre; de hecho se derrumbó y se echó a llorar cuando la hija, apoyada en su regazo le dijo: “madre, soy católica”. La madre, aunque aceptó pasivamente la noticia, sin embargo consideró que aquello era una traición a la religión y tradiciones judías. Pero pasado el tiempo proclamó con toda sinceridad: “Nunca he visto a nadie orar como Edith oraba”. Pero más difícil iba a ser aceptar la decisión de hacerse carmelita descalza. Fue una decisión previamente meditada a lo largo de años y que cristalizó en el 1934. En 1935 hizo su profesión religiosa y tomó el nombre de Benedicta de la Cruz. Fue trasladada a Holanda por medidas de seguridad contra los nazis. Pero en 1940 Holanda sería también ocupada. Las SS alemanas reaccionaron contra la Jerarquía Católica y comenzaron a detener a todo cristiano de origen hebreo. En 1942 entraron en el convento de Echt buscando a Edith y su hermana Rosa, ambas refugiadas allí. Un poco después sería ejecutada en la cámara de gas en el campo de concentración de Auschwitz; con serenidad y fe entregó el espíritu el día 9 de agosto de 1942. Hoy la invocamos como Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Edith era una buscadora de la verdad y finalmente la encontró en Jesús como salvador, en una experiencia abierta a todos. En cierta ocasión ella dijo que todo aquel que está de camino buscando la verdad ya está de camino hacia Cristo mismo. Pablo, en su inflexible actitud, sin embargo era un buscador de la verdad. Y por eso fue finalmente encontrado por Él, Jesús. Y esta verdad lo hizo libre al servicio de la Buena Noticia. CONSAGRADOS EN CRISTO
La
especificidad de la vida religiosa está no tanto en su
aspecto jurídico de tratar de guardar los tres votos de
pobreza, castidad y obediencia. Sin la previa experiencia de
Lo más específico de la vida consagrada es la experiencia de Cristo Resucitado; algo similar a lo que sucedió en la vida de Pablo de Tarso, de Edith Stein y de esa miríada de gente que hasta nuestros días la han vivido. Y esta experiencia no es patrimonio de unos pocos, pertenece a todos los que están abiertos a recibirlo como Señor. El bautismo es el momento álgido de quien lo acepta públicamente, entrando así en la Iglesia para ser consagrado a Dios para siempre. Precisamente esta consagración bautismal es la que da significado a la vida religiosa. El religioso es quien ha llegado a entender de manera profunda y radical que su vida ya no le pertenece si no le pertenece totalmente a Él. De hecho la nueva consagración en la vida religiosa no añade nada sustancial al bautismo. Su especificidad es de orden existencial: es un camino carismático de vida, una consagración hecha al servicio del amor más perfecto (LG 44). Es vivir la consagración bautismal de manera radical. Los diversos servicios no pueden por sí solos dar un significado completo a la vida religiosa. Por el contrario ellos son expresión de la experiencia profunda de vivir por Cristo y en Cristo. Pero esta experiencia se da en la Iglesia y es la misma Iglesia quien le da el sello de identidad, ya que no pertenece a la estructura jerárquica de la Iglesia sino a su vida y santidad. Es ésta una situación privilegiada para la vida religiosa ya que hace de ella, como por definición, la vanguardia que hace avanzar la Iglesia en un dinamismo permanente hasta que alcance la plenitud del mundo celeste. Los religiosos son considerados la vanguardia en tensión permanente hacia la santidad y, desde ahí, nace y se origina su valor profético. Y desde ahí también surge la llamada de la vida religiosa a ser proyección de salvación universal que trae la liberación progresiva del mundo El papa Juan Pablo II lo puso en forma de petición al Padre: “Gracias, Padre por el regalo de la vida consagrada que, en su misión universal, te busca en la fe e invita a todos a caminar hacia ti” (VC 111). Todos los cristianos son llamados a la santidad y la perfección según su estado de vida (LG 42) y en este contexto el religioso tiene la misión específica de ser un signo profético que hable por sí solo. En esta misma dirección apunta el documento ”desde Cristo”. Este es el gran servicio que la vida religiosa debe aportar a la Iglesia y al mundo. La vida religiosa da el testimonio claro de que este mundo solo puede ser transfigurado y ofrecido a dios en el espíritu de las bienaventuranzas (LG 31). El papa Benedicto XVI, en su libro “Jesús de Nazaret” dice: “las bienaventuranzas son promesas en las que resplandece la nueva imagen del mundo y del hombre que Jesús inaugura y en las que ”se invierten los valores”. Son promesas escatológicas, pero esto no debería entenderse como si el júbilo perteneciera sólo a un futuro lejano a al mundo escatológico”. Siguiendo este manantial de pensamiento podemos decir que cada religioso debería ser ese signo vivo que invita a toda persona a mirar y ver las cosas con los mismos ojos de Dios; pues cuando una persona camina de la mano de Jesús sus criterios son algo nuevo y el eschaton, el mundo futuro, ya se hace presente. CONCLUSIÓN Las personas consagradas, para el bien de la Iglesia, han recibido la llamada a una nueva y especial consagración que los compromete en un amor apasionado en la forma de vida de Cristo, la Virgen María y los Apóstoles. En nuestro mundo hoy es urgente el testimonio profético que afirma la primacía de Dios y los bienes futuros, derivados del seguimiento y la imitación de Cristo casto, pobre y obediente, totalmente dedicados a la gloria del Padre y al servicio de la gente. (“Desde Cristo”, 8) En noviembre del 2004 tuvo lugar en Roma el Congreso internacional de vida consagrada bajo el lema “Pasión por Cristo, pasión por la humanidad”. De ahí salieron muchos puntos que nos retan a revitalizar la vida consagrada hoy. Sí, la vida consagrada es sobre todo el fuego que arde por dentro, el fuego de Cristo mismo, el fuego que incendió la personalidad de Pablo e hizo de él una persona nueva al servicio del Reino. Pablo se convirtió así en un entusiasta sin descanso a causa de esta experiencia y desde entonces podemos decir en toda verdad que no solamente la Iglesia, sino el mundo entero ya no han sido lo mismo. Nosotros, religiosos, estamos llamados a dejar tras nosotros un destello de luz, de fuego, que marque la diferencia en este mundo en busca de Dios aunque aparentemente lo niegue. Pero para ello debemos revitalizarnos, energizarnos por medio del encuentro con el Señor Resucitado, personalmente y en comunidad, hasta el punto de poder decir: “¡Qué agradecido estoy al que me dio fuerzas, Mesías Jesús Señor nuestro, por la confianza que tuvo en mí al designarme para su servicio!” (1 Tim 1, 12) |