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BIOGRAFÍA DE M. CELESTINA DONATI (III)

Tercero de los cuatro fragmentos de la Biografía

 

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    LA PALABRA DEL PAPA

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El 26 de octubre de 1923 la Sierva de Dios, acompañada por la Hermana Gema y otras dos Hermanas, se encaminaban a la Basílica de San Pedro con al deseo de ver y escuchar al Papa, y de recibir su bendición.

Y arrodillada a los pies del Papa Pío XI, con voz emocionada habló de su Obra en Roma.

El Santo Padre escuchó con atención el breve relato y alzando la mano para bendecirla:

-Bien, bien, -concluyó-, habéis comenzado con poco: ¡tened fe! ¡La Providencia os ayudará!

Para Navidad, como aguinaldo, por voluntad exclusiva del Santo Padre, recibía la Fundadora, por medio de Mons. Cremonesi, su limosnero, la suma de 5.000 liras.

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    LA PRIMERA NIÑA

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Las primeras niñas que la Sierva de Dios acogió en la capital fueron dos hermanitas, que tenían a su padre en la cárcel de "Regina Coeli", acusado de graves delitos.

También la tercera niña acogida tenía el padre en prisión. La pobre florecilla, sacudida por la borrasca, había crecido pálida y débil.

Madre Celestina, al confiarlas a las Hermanas, había dicho:

-Se las recomiendo. ¿Veis? Estas pobres chicas no tienen nada, están privadas de todo.  Vosotras debéis ver en ellas la imagen de Jesús. ¡Pensad que estas criaturas serán lo que vosotras hagáis! 

Su porvenir está en vuestras  manos.

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    SU ACTIVIDAD

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Los días que Madre Celestina estuvo en Roma, maravilló a todos por su energía.

Aunque esté atormentada por molestos achaques, no conoce descanso ni reposo. Todo el día era un correr de acá para allá, resolver asuntos, hacer pequeñas compras o visitar a personas ilustres para recomendarles la Obra que llevaba en su corazón; y se puso muy alegre cuando el Limosnero de Su Santidad, Mons. Cremonesi, aceptó ser presidente de una Comisión "Pro Asilo". Y no menos contenta estuvo cuando pudo ver a las niñas vestidas con el uniforme nuevo y el cuello blanco.

Pero la Capilla era para ella objeto preferido.

Llegado de Florencia el altar, quiso colocarlo inmediatamente y, convencida de que en la casa del Señor no había trabajos humillantes,  la vieron un día pulir con un estropajo la manilla de la puerta.

A una señora que, sorprendida, le decía: "¿Qué hace, querida Madre?", le respondió con suave sonrisa:

-¡No se intranquilice, deje hacer!

                                               *    *    *

Las dificultades y las preocupaciones de aquellos días la obligaron a acostarse con un fuerte ataque de asma. Pero desde el lecho dirigía, aconsejaba, despachaba la correspondencia siempre copiosa.

A veces por la tarde, sentada delante de la Capilla, miraba estática el campo romano iluminado por los últimos rayos del sol. Quedaba muda por unos instantes; después, con una dulzura infinita, invitaba a las Hermanas a contemplar las sugestivas bellezas de aquel espectáculo, alabando la grandeza, la bondad, el poder y la misericordia de Dios con palabras suaves, que cautivaban y embelesaban. Ella que también se abría con feliz presteza a la ironía, a una broma garbosa, señorial, que despertaba la risa y no hacía mal a nadie.

Al despedirse de la querida familia Salvadori, pidiendo excusas de tantos trastornos ocasionados:

- ¿Ve?,- dice, vuelta a Mons. Enrique- nosotras no sabemos hacer otra cosa que "pedir".

Es verdad -contesta enseguida Monseñor-, pero quien “despluma” lo hace con tal donaire, que el “desplumado” se ve obligado a dar las gracias.

Era un alma superior. Delante de ella, aunque tan humilde y tan modesta, todos se sentían pequeños.

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    SUS ESCRITOS

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Vuelta a Florencia, continuó ocupándose tan apresuradamente del Asilo de Roma que parecía no tener otro pensamiento. Así, a la Superiora, entre otras cosas, escribía:

"Mientras les tengo a todas muy unidas a mi corazón ... me limito a estas cuatro líneas para pedirte, amadísima Madre Superiora, que rindas cuentas con precisión del horario, de vuestras  ocupaciones conforme a las Reglas. Dime cómo hacéis en la Misa y los turnos y oficios especiales de cada una. ¡Me importa saberlo! Permaneced un solo corazón y una sola alma".

Y después, para terminar, un golpe de gracia:

"¿Pero amas tú, con inmenso amor, a Jesús? Hacéis que las niñas se enamoren de El? ¿Y de la Doctrina… y de los Sacramentos?"

En otra carta:

"Escríbanme con frecuencia y cuéntenme todo. Para la Capilla ¿habéis solicitado el permiso al Sr. Cardenal Pompili? Depended en todo de vuestro Párroco. Sed pacientes. Recordad que sois las fundadoras de ese Asilo. Ardua es vuestra tarea. Pero adelante, con heroico y constante valor".

Y para templar el tono de las continuas advertencias que daba, luego añadía:

"Tened paciencia si parezco importuna, pero sabed que de esa fundación depende el bien de toda la obra. Dad ejemplo a todos y siempre. Sed muy reservadas y ya que la necesidad os obliga a ir con frecuencia a la ciudad, seguid la regla de San Francisco: ojos bajos, paso modesto y recogimiento, particularmente en el tranvía. Permaneced sanas y santas, santas, santas".

A veces sus cartas no sólo sirven para  solicitar respuestas. Ella quiere saber las impresiones de otros para poder gobernar, para elevar espiritualmente a sus Hermanas, para animarles siempre a más alta perfección:

"Decidme cuándo tendréis a Jesús en la Capilla. Decidme vuestros fervores celestiales por Jesús, el Reglamento de las niñas, las conversaciones que lleváis, cómo enseñáis la Doctrina Cristiana, la oración, la Historia Sagrada y con qué caridad educáis a las criaturas entregadas a vuestros cuidados. Contadme vuestra acción de gracias, si alabáis a Jesús, vuestro recogimiento interno, adorando a Jesús en el solitario templo de vuestro corazón, incluso en medio de la gente.

Sed ejemplo para todos.

Con la gente de fuera no seáis muy locuaces... Orad mucho: educad a las niñas a ser amables en la conversación, en la manera de estar, en los movimientos, en los gestos, en el saludo, pero más que todo en los sentimientos. Fundamentadles bien en la Doctrina Cristiana, en el horror al pecado, a la mentira y a la desobediencia. Recordadles siempre la presencia de Dios, educadlas  en el método Fröebeliano, alegradlas con la música sacra, hacedles amar el estudio y el trabajo".

Hubiera querido ver a sus Hermanas con menos incomodidades, más cómodas y agrandada la casa de Roma, para poder acoger más niñas.

Este era el deseo que en los últimos años le atormentaba, porque verles en una habitación tan pobre le angustiaba mucho. Temía que sufrieses por el frío y la humedad; se preocupaba de la salud de las Religiosas y de las niñas. Recomendaba que comprásemos una estufa para calentar las habitaciones.

Por su Párroco sentía tal veneración, que hasta  consideraba como una gracia singular haber abierto el Asilo en aquella Parroquia.

A la exhortación unía pequeños regalos. Para Navidad mandaba diversos objetos para la Capilla.

A las chicas, juguetes y vestidos y, para la más pequeña, regalos especiales con delicados consejos a las Hermanas.

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    UNA LLAMADA TRISTE

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Habituada a una experiencia casi trimilenaria de ver todo lo maravilloso que pasa sobre la faz  de la tierra, Roma no se acuerda siquiera que en un oscuro y remoto barrio periférico, una pequeña mujer, heroica, no romana, arrastrada por una sublime pasión por el bien, había recogido silenciosamente a algunas hijas de encarcelados, para educarlas.

Pero a revelar a Roma la Obra de la Sierva de Dios llegó una señora de mente y de corazón, una escritora, una madre, Lisa Salvadori, la cual habiendo comprobado la indefinible alegría de sentirse llamar "Mamma" por una voz infantil, entendía qué pena íntima debía ser para una niña no sentir como respuesta: "Hija mía".

Esta señora, después de haber visto y observado con los ojos del corazón el Asilo de Sor Celestina Donati, escribe en el "Messaggero" un artículo que, además de ser una conmovida exaltación de la Obra, era un grito de socorro, una llamada afligida a los indiferentes, a los distraídos, a los afortunados poseedores de bienes y riquezas.

La Madre, que aquellos días se encontraba en Roma, leyó el artículo y quedó conmovida y consolada. Muchos lo leyeron y algunos mandaron obsequios en dinero o en género, otros vinieron personalmente al Asilo a ver, a preguntar, a observar.

Tras las almas sensibles y generosas, que llegaron a descubrir la iniciativa, merece señalar una señorita de elevado sentido cristiano. Habló con la Madre, vio a las niñas, se interesó por la Obra y declaró que por ella haría todo lo posible.

La Sierva de Dios que, como todos los santos, poseía la intuición del corazón, escuchaba conmovida, observando qué tesoros de sacrificios, de bondad, de compasión se encerraban en aquella gentil persona y, después de haberla colmado de agradecimiento y bendiciones, se volvió a las Hermanas y les dijo:

-Hermanas mías, ¿veis? Esta es una criatura angelical: y Dios la ha mandado para consolarnos.

¡Os aseguro que nos hará mucho bien!

La Madre, como tantas otras veces, había visto bien claro y justo.

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    LA CASITA DE MONTENEGRO

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Madre Celestina había tomado en alquiler, en los alrededores de Livorno, en Montenegro, a cien liras al mes, una casita para enviar Hermanas y niñas a respirar el aire limpio de la montaña y del mar. Pero era preciso adquirirla.

¿Dónde encontrar el dinero? La casa estaba valorada en no menos de 25 mil liras.

El P. Micotti, de las Escuelas Pías, afecto a la Obra, sugirió acudir a la caritativa señora Budini- Gattai.

-Pero yo no tengo valor-, observó la Madre.

-Pues bien, -responde el piadoso sacerdote-, tenemos en San Giovannino un Hermano que, por su sencillez y bondad de alma, tiene mucha entrada con aquella señora. Podría mandársele a explorar el terreno.

El buen religioso aceptó. Fue, y a lo largo del camino rogó fervorosamente a Jesús que diera fuerza a sus palabras.

Al llegar, aprovechando el buen momento, fue enseguida al grano. Una de las señoras descubrió enseguida cierta dificultad, pero le sugirió:

-Vaya al bosque, dé un paseo y después le daré la respuesta-.

¿Qué cosas diría a Jesús el humilde Escolapio en aquel breve paseo tras la sombra de los árboles centenarios  a lo largo de las frescas alamedas?

Vuelto donde estaba la señora, recibió la respuesta deseada:

-Compre, Sor Celestina, el palacete, anticiparíamos nosotras el dinero, y en cuanto a la restitución, nos entenderemos directamente-.

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    DE LA CÁRCEL AL ASILO

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El 10 de enero de 1923, de Rávena llegaba a la Madre una carta que le contaba un caso bastante conmovedor: una pobre señora, madre de una niña había sido encarcelada. Durante el período de lactancia se la habían entregado. Ahora, pasados diez y seis meses, se la quitaban. La madre estaba desesperada, tanto más por cuanto ninguno de sus parientes quería acoger a la pequeña. Invocaba la piedad de la Sierva de Dios, también porque a la niña, por una feliz coincidencia, le habían puesto el nombre de Celestina.

-Mándemela enseguida - respondió en un arrojo de ternura y de alegría Sor Celestina-; la acogeré yo. Es María niña quien llega, recibámosla lo mejor que podamos.

El 5 de febrero llegaba la pequeña: un capullo de rosa!  Dos ojos azules como el cielo, reflejo de pureza y de inocencia, pero que no sonreían. Parecía que buscase a alguien de su alrededor.

*     *     *

Mientras la chiquilla de una encarcelada entraba en el Asilo bendito, otra, por desgracia, debía salir.

Una tarde se presentaba en el Instituto de Vía Centostelle en Florencia el padre de una niña. Había salido de la cárcel hacía poco: quería a su hija. La Sierva de Dios intentó persuadirle que la dejase, porque era todavía demasiado pequeña y delicada. El padre insistía, alzando siempre más la voz, amenazando al fin con prender fuego al convento. La Madre, viendo en sus ojos que la resistencia era inútil, le entregó la niña.

¡Qué desgarrón!

-¡Pobre angelito!- susurraba M. Celestina acompañándola a la puerta y besándola entre lágrimas.

-¡Que Dios te guarde y te proteja!

*     *     *

No pudiendo la Sierva de Dios, por su achacosa salud y por otros varios motivos que solicitaban su presencia en Florencia, visitar las casas lejanas, encargó a dos Hermanas, la primera y la segunda Consejeras, realizar ellas esta gira.

Obedientes a la invitación, las dos Hermanas visitaron primero las casas del Iesi Santa María la Nueva y después la de Vía Carreto.

En todas encontraron que la paz y la buena armonía reinaban entre las Hermanas y que los Obispos y Superiores estaban satisfechos de su obra.

La Madre no quedó contenta con eso y expresó por carta a varias Superioras su complacencia, dando a todas útiles consejos; mientras, al mismo tiempo, de diversas partes de Italia le llegaban peticiones para abrir nuevas casas.

Un alivio para la Sierva de Dios, que podía mirar con mayor confianza el porvenir.

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    DESPUÉS DE LAS NUBES, EL SOL

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Pero en Roma el cielo no estaba sereno. Penuria de ofertas y además pareceres negativos de quien no creía necesario fundar en la capital un Asilo para las hijas de los encarcelados. Según esto, antes de adelantarse a una empresa tan comprometida, era menester asegurar medios de subsistencia, cosa muy difícil, dado que la caridad ciudadana estaba ya absorbida por demasiadas obras de beneficencia.

La Madre, ante esta granizada de críticas, escuchaba, callaba y oraba.

-Después de las nubes, el sol-, decía con su admirable fe.

Los acontecimientos, también esta vez, le dieron la razón: desde Roma, en aquellos días le llegó una carta que decía:

"S. M. la Reina ha concedido a nuestra Obra una subvención. La Condesa Guicciardini, Dama de la Corte de la Reina, promete interesarse vivamente del Asilo de Roma".

Además, en Milán una culta señorita publica en el periódico "Fiamma viva" un vibrante artículo, que, impreso aparte en hojas de propaganda, se difundió mucho.

Poco después dos señores, enviados por el Ministerio del Interior, se acercaron a visitar el Asilo.

En principio se mostraron un poco desconfiados, pero después comenzaron a interesarse por las noticias que les dieron las Hermanas y por las respuestas ingenuas de las niñas. Comprendieron la necesidad de esta Obra redentora y poco a poco el Ministerio del Interior hizo llegar al Asilo la suma de 500 liras.

Entretanto en el pequeño Centro del Puente Buggianese (Pistoia) se abrió una escuela elemental con Asilo anejo para los niños y un laboratorio para las chicas.