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El
19 de Noviembre del 2006 entré a formar parte de la fraternidad Escolapia
Betania.
En nuestra celebración de bienvenida firmé un compromiso que me siento obligada
a repasar constantemente y que me plantea interrogantes diariamente. Me
comprometí a:
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Conocer y
vivir mejor mi vocación y mi misión de creyente.
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Conocer más
de cerca la figura y obra de Calasanz y revivirla según mi experiencia,
primero como madre y luego como profesora.
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Seguir a la
iglesia poniéndome a su disposición.
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Vivir mi
entrega en comunión con la familia Calasancia.
Hoy
en día, en esta sociedad que nos enseña el valor del poder, de la riqueza y del
individualismo, estos compromisos parecen una auténtica locura. Pero quizá ese
19 de Noviembre pensaba lo que decía San Agustín “Una
vez al año es lícito hacer locuras”.
Después
de estos 2 años de camino encuentro muchas cosas que agradecer a mis hermanos de
comunidad que me hacen pensar que esta locura ha valido la pena:
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Muchos
momentos en los que me ayudan a descubrir mis propios dones.
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En cada una de nuestras reuniones aprendo algo nuevo de mis hermanos. Entre
ellos hay alguno que sabe cuidar los detalles, otro que sabe ser crítico,
otro que sabe poner el dedo en la llaga, otro que sabe percibir los
problemas…Todos ellos comparten sus dones y los ofrecen para que nuestra
comunidad crezca. A la vez, me ayudan a descubrir dones personales en los
que yo ni
siquiera me había parado a pensar.
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Todos los
momentos de oración que preparan con mimo y cariño y que me ayudan a parar
el tiempo y a tener un encuentro personal con Dios.
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Su opción por
una Iglesia activa, viva y autocrítica de la que me hacen ser
partícipe.
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Su recuerdo
constante y firme de lo que significa ser cristiana y cuál es mi obligado
compromiso en todas las facetas de mi vida: en la familia, en mi trabajo, en
el colegio, en mi relaciones sociales…
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Su continuo
aliento para que no me convierta en una cristiana que espera, que mira para
otro lado, sino en alguien que pone su esfuerzo, palabra o gesto para ayudar
a transformar lo que no está bien en este mundo.
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Su firmeza en
hacerme recordar que debo compartir por justicia parte de mis ingresos con
los más desfavorecidos.
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Su paciencia,
sus palabras de consuelo cuando hay problemas, su corrección fraterna cuando
más lo necesito.
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Su esfuerzo y
aportación en mi formación calasancia y cristiana.
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La
oportunidad que me ofrece de ejercer mi propia vocación como creyente
poniéndola al servicio de los demás como catequista en los Grupos Calasanz,
en los campamentos de verano o participando en el Proyecto de las Aulas de
Peralta.
Tras
dos años de camino mi cumplimiento de los compromisos por los que opté ha sido
bastante pobre. Pero se que todavía queda mucho que recorrer y soy consciente de
que no puedo hacerlo sola. Por eso doy gracias a Dios por formar parte de esta
Comunidad y confío poder seguir creciendo junto a mis hermanos a los que tantas
cosas tengo que agradecer. |