|
|
|
|
Cuando uno oye a sus mayores maravillas sobre un lugar y su recuerdo les hace brillar la mirada, es el momento de hacer las maletas y partir para allá.
Y
así lo hicimos los doce que, en la primera semana de Agosto, nos
fuimos
Gente, mucha gente... maletas, autobuses, despedidas, bienvenidas… un montón de sensaciones que se iban acumulando para procesar más tarde. La cara de todos los que estábamos allí por primera vez era la misma, pero indefinible en una sola palabra; como más tarde pasaría con el resto de cosas que se viven allí. Y, casi sin enterarnos, ya estábamos moviéndonos como si lleváramos allí varios meses; como mucha gente que allí nos encontramos. Todo estaba perfectamente organizado y, sin embargo, sentías la extraña confianza de poder hacer en cada momento lo que te apetecía más. Es un lugar donde cada uno se marca el ritmo, el objetivo… los hermanos te dan el escenario y el horario.
La
oración tres veces al día (al principio te asombra, ¡luego se te
hacen
Por otro lado, Taizé es sentirse en medio del mundo, es un lugar que se sale de las fronteras de Francia. Allí se dan cita lenguas de cualquier parte del planeta siendo capaces de dialogar sin entenderse; es un fenómeno increíble. Quizá fuera uno de los miedos a la hora de ir allí: “¿cómo nos vamos a entender?”; pero los hermanos también han cuidado ese aspecto y, en cada momento, buscan la manera de que todo el mundo pueda entender. Y de entender va la cosa. En mi opinión, los hermanos de Taizé no tienen nada novedoso. De hecho es volver a lo antiguo, al origen para poder entendernos todos. Cristianos o no, jóvenes o no, españoles o no… en Taizé uno aprende a entender al otro desde el entendimiento propio. |