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MI DESCUBRIMIENTO DE LAS MISIONES

José A. Gimeno Jarauta, Sch.P.

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Cuando establecí pequeños contactos, que eran los primeros en mi vida, con personas que antiguamente llamábamos “paganas”, que creían en Dios pero concebido de muy diferente manera, me hicieron recordar los días en que descubrí las misiones. Cuando yo era chico había oído algo sobre ellas, pero nunca me había calado. No sé si era mi poca fe o la falta de garra y vivencia de quien lo decía.

Cuando empecé a estudiar la Filosofía para los estudios eclesiásticos, a mis diecisiete años, en el gran monasterio gótico de Irache, junto a Estella, sucedió algo providencial. A los tres meses de llegar, caí enfermo dos semanas. Nunca supe de qué, pues no vino el médico; me llevaron a la enfermería. Allí, de forma casual y providencial descubrí algo que me iba a marcar mis años de carrera y de actividad pastoral: las misiones.

Habían dejado allí varios tomos encuadernados de la revista misionera "Catolicismo", dedicada a dar a conocer las misiones a todos los cristianos. Desde el primer momento me engancharon. Las devoré. Mi conocimiento de ellas era totalmente superficial, resbaladizo. Y de pronto me encontré con narraciones, testimonios, hechos, todo realmente vivo, que me entusiasmaron. Vibré espiritualmente.

A partir de aquellos días comencé a orar por las misiones, a leer las revistas que hablaban de ellas, ¡aquella revista "Siglo de las misiones"!, que nos hacía vibrar, especialmente con los artículos del P. Segundo Llorente desde Alaska. Las acariciaba en mi interior, me veía un día por allá, y sobre todo fui orientando muchas de mis acciones (oración, estudio, esfuerzos, sacrificios…) a ofrecerlas por las misiones y los misioneros, para que mi esfuerzo les diera a los misioneros el ánimo que necesitaban, según nos enseña el dogma de la comunión de los santos, y como recordé que hacía Sta. Teresa de Lisieux, patrona de las misiones, en su convento de clausura.

 ¡Qué fuente de luz, vida, alegría, generosidad, ilusión y compromiso diario fué la vivencia de las misiones! Realmente fué otro de los encontronazos que he tenido con el Señor entre otros muchos, un gran hito suyo, de los fuertes, de los que hacen abrir los ojos de repente; otros más vendrían así en mi vida posterior.

Otros hitos del Señor van apareciendo despacio, paulatinos, sin llamaradas, como pequeños mojones de pastores que no deslumbran, ni siquiera llevan una flecha pintada indicando el camino, pero que si los sabes buscar y los sigues, te sacan del atolladero en la montaña, o te conducen por caminos que no conoces.

En los tres años de Filosofía viví intensamente las misiones. Me ayudó mucho a ello la persona y estilo de nuestro Formador, que publicaba muchas cosas sobre ellas, con su revista Yokosuka, Kyokay, folletos y libros, y su entusiasmo de joven. Fuí dos años su secretario para estos menesteres misioneros. Todos los domingos y fiestas, y un montón de los otros días, después de haber oído Misa, estaba de 7 a 9 de la mañana, sólo, aterido por el frío desde diciembre a abril, respondiendo cartas y suscripciones, en un rincón del dormitorio que llamábamos "Siberia" porque era frío hasta en verano. Al cabo de unos minutos, los dedos se agarrotaban y había que ingeniárselas para sujetar la pluma. Y los sabañones con su picor, ¡ah, los sabañones!.

Todo lo vivía por las misiones. Matizo: no era mi único móvil. Pero su recuerdo y vivencia fué vitalizador de mi vida espiritual. Un compañero de curso y de pupitre en clase, muy querido, luego Provincial de Colombia y ahora en Ecuador, me contó algo que yo no recordaba: estando todos un día cualquiera después de comer haciendo un trabajo encomendado (empaquetar cosas, o algo así), como en mucho rato no le hablaba y me vió absorto mientras trabajaba, me preguntó en qué pensaba. "En las misiones", le dije. Y me contaba que se quedó impresionado por lo intempestivo del momento. Sí, recuerdo que mi mente estaba muchas veces en las misiones y ofreciendo mis esfuerzos y sacrificios por los misioneros.

Más tarde, ya estudiando Teología, las lecturas misionales y sobre todo la encíclica Fidei Donum, de Pío XII, me causó una profunda impresión. Hablaba el Papa de las misiones, pero impulsaba especialmente a todos los misioneros europeos a ir a África, que era el momento de África, que estaba empezando a despertar y lo iba a hacer con mucha fuerza, y era momento especial de ayudarles. Y lo sentí como dicho para mí. No había escolapios en Africa, ni había voces de que fueran a ir. Esto ocurría hace cincuenta y seis años. Sin embargo sentí claramente en mi interior una como ¿intuición, decisión, voz?, no sabría precisar: "Yo acabaré yendo a África".

Acaricié mucho tiempo esta idea. Pero más tarde leí otros escritos de Pío XII en que decía expresamente a los misioneros de España que se volcaran exclusivamente en Hispanoamérica por razón del idioma y su gran necesidad, y dejaran África para misioneros del resto de Europa.

Me pareció tan lógico,  que África fué pasando a un plano lejano, y orienté hacia Hispanoamérica todas mis ilusiones misioneras, que duraron todos los años posteriores hasta 1986. Mientras, tuvieron que estar siempre como sordina de fondo, como compases de espera, ante cada nuevo destino o responsabilidad que me iba encargando la Escuela Pía.

En 1986, cuando en mi  Provincia nos planteamos en qué lugar del mundo íbamos a establecer una  misión, y los Asistentes Provinciales (yo era uno de ellos) nos repartimos el trabajo de buscar dónde, yo busqué enseguida por Hispanoamérica. Y hubo magníficas respuestas y propuestas de trabajo por Bolivia y Perú. Y pensé: ahora sí será realidad. Pero tras el discernimiento que hubo, la Provincia se decidió por establecer la misión en Camerún. Y entendí que a pesar de toda la lógica, de todas las ventajas que tenía Hispanoamérica por la lengua, por la fácil posibilidad de ir seglares temporalmente, por el tipo de trabajo que nos ofrecían dentro de nuestro carisma educativo, etc., el camino que el Señor nos señalaba era África. Y cambié lentamente el azimut de mi brújula. El Señor me ayudó, que harto me costó. Él había hablado claramente.

Y por fin fui a África. Por muy extraños caminos y derroteros el Señor me hizo llegar allí, y que  resultara cierta aquella intuición o voz que percibí hace cincuenta y seis años tras leer la encíclica Fidei Donum: "Yo acabaré en África".

En el momento actual el Señor volvió a hablar usando las circunstancias, como siempre, y tuve  que volver a España, con lo que aquella voz se quedará sólo en eso, una voz. ¿O quizás no será así? ¡Pero qué gran fuente de vida y estímulo ha sido para mí!