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EL PLAN DE DIOS SOBRE EL HOMBRE Y LA MUJER (II) Victorino Ruiz Sola, Sch. P. |
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. No, el hombre no asistió al nacimiento de la mujer; dormía. Se le entregó perfecta, porque todo ser viene en primer lugar de Dios y tiene su raíz en Él y el hombre no puede saber nada de este misterio. Dios hizo así a la mujer y cuando hoy en día se hace del hombre, de la mujer y de la sexualidad objeto de la ciencia y del conocimiento, debe quedar bien claro que ninguna ciencia, ninguna radiografía, ninguna ecografía, podrá desvelar el misterio de cada uno, el misterio de cada ser, que ningún cónyuge podrá jamás explorar a fondo el misterio del otro, porque todo ser viene de Dios y está hecho por Dios. No es el hombre quien ha hecho a la mujer. Ni siquiera la vio hacer. Él la recibe. No es la mujer la que ha hecho al hombre. Ella lo recibe. Aceptar el misterio del otro, rodearlo de una especie de respeto profundo, en el matrimonio y fuera del matrimonio, en nuestras relaciones humanas, es ya ponerse en estado de contemplación. El cardenal Danneels decía con ocasión de un curso a cónyuges: No manipular a mi cónyuge, no dominarlo, intentar conocerlo. No cogerlo sino recibirlo de las manos de Dios todos los días para desposarse con él. He aquí lo que puede ser una conversión profunda del modo de mirar, del modo de situarme frente al cónyuge y también frente a los hijos, vis a vis, con todo ser humano. Dios toma una costilla de Adán y cerró el hueco con carne. Después de la costilla que había sacado del hombre, el Señor formó una mujer y la presentó a Adán. Tal es el símbolo de toda vida conyugal, que parte de una fusión y que por una ruptura casi quirúrgica llega a la comunión libre de dos personas vivientes y libres que se van a entregar libremente una a la otra. Aquí está en resumen toda la historia del matrimonio. Sí, al principio está este impulso de fusión: ¡Ah!, yo querría ser tú, yo querría que tú fueses yo, esta búsqueda de perderse el uno en el otro. En el mismo acto genital hay ese deseo y esta búsqueda de perderse en el otro, de dejarse invadir por el otro. Pero esto no puede durar y no sirve para fundar un matrimonio. Es preciso una ruptura y esa ruptura es muchas veces dolorosa, pero es siempre benéfica, para llegar al reconocimiento del cónyuge como persona viviente, libre, independiente del otro, con el que podrá entrar en una relación progresiva y libre, y hará falta toda una vida para lograrlo. Y Dios va a hacer esa operación. Cerrará la herida con carne y quedará una cicatriz. Es preciso pasar por ello y hay que decirlo con firmeza y bien alto. Cuántas crisis hay, hoy en día, en los matrimonios, que creen ser crisis de ruptura mientras que son crisis de crecimiento. Se amaban, pero van a separarse. Se dice: Él no me comprende, ella no me comprende, yo no sé cómo contentarla, yo no sé qué ha pasado. En el fondo, yo no sé quién es. Se hace vida genital, pero no se conocen. Se han cansado el uno del otro y entonces se separan. Pero esto es absurdo, es sencillamente la señal de que esta forma de fusión, donde cada uno se perdía en el otro, en el acto genital, va a progresar y llegará a ser una comunión donde el uno al otro se van a entregar, se van a buscar y se van a encontrar. Es una crisis de maduración y de crecimiento. Y si esto no se sabe, se toma por lo trágico, como una crisis de ruptura, lo que es una etapa normal, en el camino normal de un matrimonio normal. Es preciso ser ayudado de lo alto, es preciso aceptar esa ruptura, que es un nacimiento. Es preciso aceptar que el otro sea diferente de mí. Esto parece fácil de decir, que el otro sea diferente de mí. Pero está muy lejos de ser tan simple, porque todo lo que es diferente vuelve terriblemente inseguro al otro, que busca en su cónyuge lo que es como él. Entonces en cuanto se percibe que el otro no coincide con la idea que de él se había formado, que se le escapa de las manos, no sabe dónde está, tiene temor, y aunque no tenga intención de separarse, hace un drama de cualquier cosa, que por el contrario es una suerte para el otro cónyuge, que es y debe ser diferente. Dios, nos dice la escritura, que tomó una costilla del costado de Adán y formó a la mujer. En hebreo la misma palabra es costilla y costado. Esto significa, por de pronto, que la mujer proviene de la carne del hombre. Dios podría haber tomado tierra para hacer a la mujer independientemente del hombre, pero tomó una costilla del costado de Adán. ¿Qué significa eso? Eso significa que no hay dos naturalezas, una naturaleza masculina y otra femenina, en las que pudiéramos apoyarnos para encerrar al hombre y a la mujer en dos modelos estereotipados. Es propio de la naturaleza masculina hacer esto y es propio de la naturaleza femenina hacer lo otro. No, el hombre y la mujer son de la misma naturaleza. Adán dirá inmediatamente: Ésta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Son de la misma carne, pero es una naturaleza sexuada, es decir, una misma naturaleza con una diferencia física y psicológica, porque la sexualidad va más lejos que la simple genitalidad. Se es hombre o se es mujer genitalmente, es verdad, pero en cierto modo, también psíquicamente, psicológicamente y hasta espiritualmente. Por consiguiente, esa connaturalidad profunda del hombre y de la mujer proviene del hecho de que Dios tomó, no la tierra, sino un trozo de carne del hombre, para hacer la mujer y esto es muy importante, porque marca a la vez el punto de partida y el punto de llegada. Adán al instante, reconoce a esta mujer como carne de su carne y hueso de sus huesos, y por ella, abandonará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne. Ser una sola carne, para llegar a ser una sola carne. Esto marca a la vez el punto de partida de una pareja en la genitalidad y la llegada a una comunión de personas, muy profunda. El costado es también muy importante. La mujer no fue tomada ni de la cabeza ni de los pies del hombre. Ni superior ni inferior al hombre. Es “su vis a vis”, “su partenaire”, la que está cara a cara con él, su interlocutora. Cuando la Biblia nos dice: Y Dios formó a la mujer y se la presentó al hombre, la palabra hebrea es mucho más fuerte, “la plantó ante el hombre”, la plantó como el “vis a vis” del hombre. Si decimos interlocutora, es porque la palabra hebrea que significa mujer, es de la misma raíz que el vocablo que significa palabra. La mujer se le dio al hombre para darle ocasión de hablar. Y la primera palabra de Adán en la Biblia, que nos refiere el Génesis, no se dirige a Dios sino a Eva. La mujer permite al hombre dialogar. Le permite expresarse, reconocerse a sí mismo. Y esto es muy importante y lo volveremos a encontrar a lo largo de este mensaje. Sí, esta mujer procede de una costilla de Adán, de su costado (como la Iglesia nacerá simbólicamente, místicamente del costado de Cristo, de su corazón traspasado por una lanza, y ese día será verdaderamente la esposa del Cordero), esta mujer, digo, Dios la va a poner “vis a vis” del hombre. Tratemos de penetrar en el sentido de este texto: Dios presenta esta mujer al hombre como “su vis a vis”, cara a cara, como su semejante a la vez que diferente, y el hombre no se va arrojar sobre ella, como un animal sobre la hembra y no tendrán relación sexual hasta más tarde, según la Biblia. Primero Adán la va a reconocer. Gritará: ¡Ah! Ésta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos. ¡Ésta! Y se llamará mujer, porque procede del hombre. ¡Qué grito de admiración, de alegría y reconocimiento! Si no hay esa exclamación de alegría y de reconocimiento, no hay amor. Y ustedes lo saben muy bien, las madres sobre todo. Cuando la hija o el hijo dicen a su madre: Sabes, mamá, este muchacho o esta muchacha, ¡ah!, no es como los demás..., saben que ahí hay amor de verdad. Si no existe ese grito de admiración y de alegría, este reconocimiento del único en el otro, del que está “vis a vis” con él o con ella, si no hay esa connivencia para abrir las manos, para recibirlo y admirarlo, no puede nacer un amor verdadero, humano, sino el instinto animal, que impulsa al macho a arrojarse sobre la hembra, en una acto de posesión y de dominio. Y Adán va a reconocer a esta mujer: Ésta sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos. Y pregunto: ¿Una esposa es carne de vuestra carne y hueso de vuestros huesos? De ningún modo. ¿Quién tiene la misma carne que otro? ¡No es vuestra esposa sino vuestra hermana! Y la doble relación “hombre-mujer”, se va a traducir en la Biblia, constantemente, por la doble relación “hermano-hermana”, “esposo-esposa”, y esto es muy importante. Porque es la relación “hermano-hermana”, la que permite el reconocimiento de la semejanza de la misma naturaleza, que permitirá una verdadera relación “esposo-esposa”, que no será simplemente una relación de instinto animal. Cuando Edna, la madre de Sara, los despide, le dice a Tobías: “Hijo y hermano querido…. Desde ahora yo soy tu madre y Sara es tu HERMANA” Tobías cap. 10, versículo 13. Y esto lo manifestamos cuando decimos: No he encontrado mi alma gemela, que equivale a decir, mi alma hermana, y lo encontramos a lo largo de toda la Biblia. Vamos a verlo en el capítulo octavo del libro de Tobías. Ustedes saben la historia de Sara, que van muriendo sus maridos en la noche de bodas, hasta 7. Y he aquí que Tobías se desposa con Sara. El padre de Sara dice a Tobías que Sara debe ser su esposa, porque es su hermana. Tobías la recibe y en la noche de bodas, Tobías se levanta del lecho conyugal, como si la relación genital fuese prematura y dice a Sara: Levántate, hermana mía, es preciso orar los dos juntos y recurrir a nuestro Señor, para obtener su gracia y su protección. Ella se levantó y se pusieron a orar, para obtener su gracia. Tobías comenzó así: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres y que tu nombre sea bendito por todos los siglos. Tú creaste a Adán, Tú creaste a Eva, su mujer, para ser su ayuda y su apoyo, y la raza humana procede de los dos. Tú dijiste: No está bien que el hombre esté solo, hagámosle una ayuda semejante a él. Y ahora no busco el placer cuando tomo a mi hermana. Lo hago con un corazón sincero. Dígnate tener piedad de ella y de mí, y que lleguemos juntos a la ancianidad. Y los dos dijeron, Amén, Amén. Y se acostaron. Esta plegaria es muy fuerte y a causa de esta plegaria, el demonio Asmodeo fue vencido y pudieron ser esposo y esposa. La relación conyugal no fue prematura. Hay que decir bien alto que la relación genital no es esencial en la vida matrimonial. (Aclaración del traductor) = Mi brazo izquierdo, por ejemplo, es una parte integrante de mi ser, pero no esencial. Si yo perdiese mi brazo, quizá haría menos cosas de las que hago o las haría con más dificultad, pero yo seguiría siendo el mismo, la misma persona. Lo malo es que se ha querido presentar el sexo como esencial e imprescindible en la vida, buscando el placer no importa cómo ni cuándo y a cualquier precio. Este es el sofisma y de ahí provienen la mayoría de los males, divorcios y problemas de la sociedad actual. Insisto en que la relación genital es muy importante, que es una parte integrante de la vida conyugal, pero no lo es todo, en absoluto. Muchos creen y nos quieren hacer creer, que no hay encuentro afectivo posible entre un hombre y una mujer, si no hay de inmediato una relación genital. Esto es absurdo, porque el modo de manifestar el afecto verdadero entre un hombre y una mujer, es mucho más sublime que la simple genitalidad. Y este absurdo lo llevan hasta el extremo de creer que no hay relación afectiva posible entre dos mujeres o dos hombres, si no hay entre ellos relaciones genitales. Y qué cantidad de falsas homosexualidades de todas las clases se han originado a causa de esto, como si la sexualidad fuese el único medio de manifestar una relación de conocimiento entre dos seres. Esto es totalmente falso. La genitalidad, para fundar una relación genital humana, precisa de un reconocimiento, en el sentido profundo de la palabra, un intercambio, un compartir, un conocimiento humano y ése es el sentido que la Iglesia nos propone cuando pide a los novios que no tengan relaciones sexuales prematrimoniales. Es para dejar un espacio libre a este conocimiento mutuo, a ese reconocimiento de la mujer, como mi hermana, de mi misma naturaleza, mi complemento que debo conocer, que debo recibir de las manos de Dios. Y el conocimiento de él, como mi hermano, para recibirlo también de las manos de Dios. Llegado el momento, la genitalidad expresará todo lo anterior en su lenguaje propio, lenguaje a la vez infinitamente fuerte, e infinitamente rico, pero que no será rico si no se ha respetado y preservado ese espacio que tiene que haber entre dos seres, para que tenga lugar ese conocimiento mutuo y profundo. Ése es también el sentido profundo de la oposición de la Iglesia a los métodos contraceptivos no naturales. Los métodos contraceptivos naturales son los únicos apropiados para reservar por la continencia periódica un espacio para que los esposos se busquen, se encuentren y se reencuentren de un modo diferente que con la genitalidad, es decir, por otros medios de comunicación que ellos descubran, por otros medios de manifestar su unión, su comunión su ternura, su amor y su complementariedad, por otros medios que la simple genitalidad, que no es más que un aspecto de la unión conyugal. La sexualidad es muy importante, pero en su lugar y solamente en su lugar. El matrimonio de José y de María es un matrimonio modelo, en el que la genitalidad no se manifestó en absoluto y sin embargo fue un verdadero matrimonio, con una unión profunda, una comunión perfecta. Es preciso colocar la genitalidad en su lugar y es muy importante no fundar sólo en la genitalidad la economía de este reconocimiento del uno en el otro. Y esto es válido para los novios, para los esposos jóvenes y para los mayores. Es muy grande el número de matrimonios maduros que, al llegar la jubilación, se separan, porque no tiene nada que decirse, porque se acabó la obra en común, de la educación y estudios de los hijos, porque ya se han casado o marchado, porque ya no hay relación conyugal o relación genital... No tienen nada que decirse, porque no supieron encontrar otro camino de comunión distinto de la relación genital, por ejemplo, viajes, hobbies, visitas culturales..., y esto es muy grave. Veamos lo que Dios nos quiere enseñar: No somos animales y la sexualidad humana es muy rica, pero se enraíza en ese conocimiento mutuo. Un sexólogo de la revista Paris Match, escribió un artículo en el que decía: Hay un hecho que es un misterio para nosotros en la sexología. De todos los animales, la mujer es la única hembra cuyos órganos genitales están orientados para que la unión sexual se haga cara a cara, vis a vis, y no sólo por una relación de dominio, de posesión, y de poder del macho que se arroja sobre la hembra. Aún en los simios o monos más superiores, la orientación de los órganos sexuales de la hembra es diferente. Solamente el hombre y la mujer están hechos genitalmente para que la unión sexual sea cara a cara, vis a vis, los ojos en los ojos y los labios en los labios. Y los sexólogos no comprendemos qué pudo pasar en la evolución de los seres para que esto sea así. |