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UNA MIRADA INTERIOR SOBRE EL VALOR MORAL HOY EN DÍA

Njah Stephen Verla, Sch. P.

 

 

Tras haber vivido escalonadamente mi creencia religiosa en el seno de mi familia natural, tras los años formativos y los ocho años vividos cumplidamente al servicio de la iglesia precedidos por el compromiso definitivo en la vida religiosa y las órdenes sagradas, mi pasión, servir a Cristo a través de la iglesia y de mi primordial carisma calasancio, me condujo a España hace dos años. La polaridad de la vivencia de mi fe cristiana en el contexto africano y europeo me hace reflexionar. Las pautas socioculturales y transculturales me cosquillan.

Al comenzar el año de mi experiencia misionera en España, intenté connaturalizarme paulatinamente con las exigencias sociales y culturales dentro de una escala de valores amplia, de sus costumbres y creencias con sus fuerzas y debilidades, amplificadoras de mi modo de ver la vida religiosa.

Hoy por hoy, la cuestión moral parece ser una preocupación en muchas sociedades, la nuestra incluida. Por lo que dicen los estudiosos sociales, estamos en un momento crucial para todos y sobre todo para las instituciones promotoras de valores humanos y cristianos. Seguramente, la desaparición y envejecimiento de las instituciones religiosas por falta de vitalización se explican por dicho fenómeno.

Me pregunto, ¿hay realmente una crisis moral o la situación moral, hoy en día, acarrea simplemente una decadencia holística de la humanidad? A mi parecer, la respuesta no puede ser ni sí ni no. Mi respuesta nada entre dos aguas.

Una sociedad positivista y lógica piensa que la ciencia es el único medio poderoso de la humanidad para comprender la realidad y llegar a su conocimiento propio. Una sociedad así ignora el hecho de que somos libres porque hacemos lo que queremos, pero no lo que deseamos. Haciendo frente al totalitarismo moderno disfrazado en algunas instituciones públicas y privadas, parece que se guía paulatinamente por el principio de la pregnancia. La tendencia es adaptarse a las formas más sencillas posibles frente a una generación tan exigente con un espíritu pragmático contra todo control religioso o moral de conducta, ya que lo sustituyen con el control científico y tecnológico. Estamos en una época en la que todo lo verdadero tiene que ser verificable, validado y asimilable según sus criterios. Teniendo en cuenta el principio de selección natural por el que los animales más débiles, con sus rasgos hereditarios poco adaptables, son eliminados en la trayectoria del desarrollo de todas especies, la formación de la conciencia, hoy en día, parece ser poco adaptable. Consiguientemente, según dicha mentalidad, las instituciones promotoras de valores cristianos y humanos parecen poco adaptables y fuera de lugar.

Mirando la otra cara de la cuestión, la crisis moral se explicaría simplemente por los hechos. Una sociedad tan escéptica, egocéntrica, intolerante y fantasiosa parece atrapada en sus propias trampas. Interiormente, sus inseguridades nos llevan, paso a paso, a una fase que llamaríamos epicureísmo moderno o retirada hacia sí misma en busca de seguridad, reivindicando el reconocimiento de sus medios y capacidades. Llevamos nítidamente una marcha desenfrenada, tremendamente rica, que nos sirve, a la vez, como un auto castigo. ¿A dónde acudir? ¿A dar un paso atrás? No; sería una derrota. La única fuente reforzadora que le queda es la religiosa. Pero desafortunadamente, esa fuente no da rendimientos inmediatos según los criterios propiamente humanos. Inconscientemente, el trasvase agresivo de las derrotas socioculturales conduce a la sociedad actual a una deseable desaparición de la creencia religiosa. De ahí, la conmoción moderna contra los valores humanos y evangélicos.

El convencimiento de que la vida humana no se fundamenta primordialmente en el poder sino en el ser y la capacidad dinámica y orientadora de la palabra de Dios a lo largo de nuestra historia que descubre los instintos cognitivos, afectivos y conativos de nuestro auténtico ser sacará al hombre moderno de su propia ganancia a la ganancia conjunta y cooperativa. Ciertamente, este camino es muy largo y exigente, pero es el único para una renovación de la humanidad aparentemente encarcelada en sus propias trampas.

Conclusivamente, cabría decir paradójicamente que el mensajero de la buena noticia tendrá que ser, hoy día, fantasioso y realista; tolerante e inflexible; adaptable y tradicionalista; solidario e insolidario; optimista y pesimista. Como nos dice literalmente San Pablo: por eso vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos… sufridos por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte, 2 Co 12, 9b-10. Cabe decir que las pautas culturales anteriormente subrayadas no me dan miedo. Contrariamente, son ocasiones de crecimiento mutuo de la fe y la cultura. De ninguna forma compartiría la desesperanza frente a las incoherencias actuales, esté donde esté.