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ÉL SERÁ HIJO DE SUS ABUELOS (Cuento escolapio en africano) Jude Thaddeus VEGAH KING, Sch. P. |
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A los pocos días de mi
llegada a Peralta tuve un encuentro con uno de los cocineros.
Me quedé un poco atónito. ¿Acaso vivir con los mayores es vivir solo? Yo le había entendido perfectamente; sabía por dónde iba. Como él, muchos de mis amigos españoles, cuando supieron que iba a venir a España, me decían: “Me alegro que vayas pronto, para trabajar y también para conocer nuestro país. Pero ¿por qué ir a Peralta? ¿Qué hay en Peralta? ¡Qué pena!” Aun sabiendo las implicaciones de sus interrogantes, esta forma de vivir no me resulta difícil, porque desde pequeño, dentro de mi propia familia en Camerún, me había tocado vivir “solo”, “con mayores” y “en un pueblo”, utilizando las expresiones de mis amigos. Viví en el pueblo con mis abuelos. Por eso, cuando el P. Provincial me preguntó si tenía algún inconveniente en aceptar la propuesta de formar parte de la comunidad de Peralta de la Sal, le dije que no lo tenía. Por supuesto que sí había muchos desafíos que me hubieran podido echar atrás: por ejemplo, el pensar en vivir en Europa (de paso os digo que no es el sueño de todos los africanos vivir en Europa, como se puede pensar; para algunos es una pesadilla).Le pedí sólo que me dejara ir de vacaciones cada año, porque mi madre ya es bastante mayor; o, en caso contrario, que me permitiera ir a enterrar a mi abuela en caso de que muriera. Podéis notar que tanto hablo de la madre como de la abuela. Muchos me pueden preguntar: ¿pero qué tiene esta abuela tan especial para ti que la confundes con tu madre? Pues no, no confundo nada, mi abuela es mi madre. Me explico: en África, no es madre sólo la que da a luz, sino la que nutre, cuida y educa con amor. Mi madre nunca me abandonó, ni entonces ni ahora: me quiere mucho. Os cuento lo que pasó. Mis abuelos no tuvieron la suerte, como muchos matrimonios africanos, de tener muchos hijos, sino sólo uno, mi madre. ¡Y qué pena para ellos no tener un varón! No soy machista, pero no tener un varón era y sigue siendo, en algunos casos, causa de mucha lástima para una familia africana, y, a veces, conduce al divorcio o a la poligamia. La razón de esto es que la herencia familiar no es solamente los bienes sino, sobre todo, el nombre de la familia que pasa a través de los hijos de una generación a otra. Así que un matrimonio sin al menos un hijo se considera olvidado para siempre. Es parecido a lo que ocurría en España en los tiempos de S. José de Calasanz. En la tribu de mi madre, la tradición tiene normas para arreglar la situación de las familias con sólo hijas, como fue el caso de mi madre. Uno de sus hijos varones pasará a ser hijo propio de los abuelos y, por consiguiente, heredero del nombre de la familia de los abuelos. Este hijo, de una manera simbólica, deja de ser hijo de su madre y pasará a ser hijo de sus abuelos, hermano de su madre, heredo de su abuelo y, por consiguiente, “padre” de su madre. Este es el lote que me tocó a los cinco años. Fui a vivir con mis abuelos y estuve con ellos casi toda mi vida, hasta que mis estudios me forzaron a cambiar de ciudades. Ellos me quisieron y educaron como un hijo. Incluso, en mis años de estudios, pasé mucho tiempo con ellos, sobre todo con mi abuela, después de la muerte de mi padre (o sea de mi abuelo). Junto con mi abuela, trabajé en nuestras fincas y aprendí mucho de la vida tradicional. Juntos soñamos con mi futuro matrimonio, mi mujer, mis hijos, las obras para una nueva casa etc. Para ella, yo representaba la esperanza que ella casi había perdido por no tener más hijos; y aun peor, porque su única hija (mi madre, que me dio a luz) se casó con un “extranjero”, es decir, uno de otra tribu. Mi presencia y lo que yo representaba para ella y su marido, que en paz descanse, le había devuelto la alegría que había perdido. Podéis imaginar la decepción y el dolor de aquella mujer cuando intuyó que yo quería ser sacerdote. Fueron momentos difíciles, muy duros para ella y también para mí. Pero después, ella fue aceptando mi decisión poco a poco y con mucha valentía, pero sin perder la esperanza de que, con el paso de tiempo, pudiera yo cambiar de opinión, lo que no sólo no ha ocurrido, sino que he aceptado ir a la misión lejos de ella, privándola así del único consuelo que tenía de verme de vez en cuando. ¿Cómo explicarle el motivo de esta doble traición? Yo siempre le decía que tuviera la fe de Abrahán que quiso sacrificar a su único hijo a Dios. Que no tuviera miedo de quedar sola o sin apoyo, porque sobre la montaña, Dios proveerá. “Mamá, si Dios me ha llamado, tengo la certeza de que Él nunca te abandonará”. Ella lo creyó y, en adelante, me repite esas mismas palabras para animarme. Por eso, hoy, aun siendo religioso y misionero, pienso que tengo la obligación de hijo hacia ella: quererla y cuidarla en la medida de lo posible y, sobre todo, despedirme de ella cuando llegue el momento final dándole una digna sepultura. Tengo hermanos que desempeñarán su papel. Uno puede ser heredero, sustituyéndome a mí, como manda la tradición; pero ninguno vivirá mi experiencia de hijo y, por consiguiente, ninguno podrá ejercer mi papel de hijo en el sentido afectivo: un hijo es un hijo. Los amigos, vecinos y colaboradores son importantes, pero ninguno es heredero como un hijo, aun un hijo adoptivo. Me podéis hacer ahora la pregunta: ¿Por qué nos cuentas tu vida? Perdona, no es mi vida, es un cuento escolapio en africano. No sé si me entendéis. Pongo el ejemplo de las Escuelas Pías de Aragón. Hace poco más de veinte años (1987), hubo un encuentro entre las Escuelas Pías de Aragón y la Iglesia de Camerún. Este matrimonio tuvo un hijo escolapio en Bamenda. Hoy este hijo es ya mayor de edad. Senegal, Guinea Ecuatorial, Gabón y Costa de Marfil tienen historias similares para contar. Todos sabemos que el árbol de las Escuelas Pías africanas es ahora uno de los más florecientes de la Orden. Su madurez grita en voz alta para que sea reconocida, y su aspecto asombroso y sus pasos gigantes suscitan envidia y admiración en unos y asustan a otros. “No os asustéis, dice el Espíritu, es obra de mi mano”. Por otra parte vemos a una Escuela Pía europea excesivamente mayor, frágil y casi en vías de extinción, sin hijos que aseguren la sucesión y continuidad de la familia. Mi pregunta es: ¿cuál es o deber ser la relación entre las Escuelas Pías crecientes de África y las viejas Escuelas Pías de Europa? Puede haber muchas respuestas, pero quiero insistir sólo sobre un aspecto. Nuestra historia escolapia en África nunca será completa si hacemos caso omiso a las llamadas o necesidades de la vieja Escuela Pía, si ignoramos a la madre que nos ha visto nacer. Salvo casos excepcionales, las residencias de ancianos en África son aún tabú, algo prohibido. En África, los hijos luchan cada uno por el derecho de tener en su casa a sus ancianos padres, o de cuidarlos en sus propias casas. Así, ellos pueden sentir este calor familiar hasta el fin de sus días, disfrutando con sus nietos, jugando con ellos y contándoles historias de sus buenos tiempos. Y así también se transmiten y se aseguran los valores familiares de una generación a otra. Es bueno para ambas partes que a los padres que nos han acogido en este mundo con amor y han guiado nuestros primeros pasos en la vida, les rodeemos nosotros con el mismo afecto y cariño en el momento de su despedida de este mundo no dejándoles morir en manos o casas ajenas. En este momento de prosperidad, si las Escuelas Pías de África se olvidaran de las viejas Escuelas Pías que les dieron el ser, no sólo sería un grave error sino también el pecado del hijo soberbio y egoísta. Eso dependerá también de muchos factores. Hago la reflexión sobre tres de ellos:
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