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¿Misionero?

José P. Burgués, Sch. P.

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Me pide el P. Provincial que escriba unas líneas presentando mi experiencia de misionero.

Yo siempre me he pensado como “escolapio”, y los adjetivos que siguen me importan menos.

Pero, bueno, también tiene sentido (desde la perspectiva del documento de Aparecida) considerarse misionero, en cuanto discípulo del Maestro. Así que allá voy.

Todos somos misioneros, y toda nuestra vida es una misión. Pero entiendo que me piden que comparta mi experiencia como misionero “fuera” de España. Lo cual en tiempo representa bastante más de la mitad de mi vida activa religiosa.

El P. General Balcells me envió a París en 1987 a cumplir una misión concreta: establecer allí una fundación escolapia, que sirviera de base para que otros misioneros escolapios aprendieran francés antes de ser enviados al África francófona (cosa que ocurrió con polacos e italianos), y al mismo tiempo fuera una apertura de la Orden a la cultura francesa. Tras un año en que conviví y compartí la misión con una comunidad de Premonstratenses en Noisy le Grand, se creó la primera comunidad escolapia en la región parisina. En 1990 la comunidad se trasladó, por invitación del obispo de Saint Denis, a Pantin, asumiendo la responsabilidad de la parroquia de Sainte Marthe des Quatre Chemins, que hoy sigue a cargo de los escolapios. Aproveché mi estancia en París para obtener mi doctorado en teología. Después de servir cuatro años como vicario, fui nombrado párroco por otros dos. He de decir que aquella experiencia fue muy enriquecedora para mí. Me familiaricé con la cultura francesa, lo cual me dio una perspectiva más amplia para comprender mejor muchas cosas. Conocí desde dentro el ministerio parroquial. Y tuve un primer sabor de la misión, ya que en Sainte Marthe los parroquianos procedían de una cincuentena de nacionalidades diferentes. Esa zona de la región parisina es, realmente, territorio de misión.

Por un momento pensé que la Provincia de Aragón estaría interesada en asumir la fundación parisina, pero no fue así. Fue, en cambio, la provincia de Cataluña la que mostró su interés en ella, así que, consolidada la fundación, me ofrecí en 1993 al P. General para ir a fundar a Asia. Entonces se comenzaba a hablar de Filipinas y de India. El P. General agradeció mi oferta, pero me dijo que antes contaba conmigo en otro lugar: en el ICCE de Madrid. Y allí pasé otros cuatro años. Que aproveché, entre otras cosas, para tomar contacto con la misión “real”. Dos años fui en verano a Bamendjou, Camerún, a preparar y llevar a cabo un proyecto con SETEM. Y otro verano fui con otro proyecto formativo a Anzaldo, Bolivia. Estos contactos confirmaron mi vocación misionera. Me di cuenta de que en otras partes del mundo las necesidades educativas son inmensas, y que convenía que los escolapios nos desplazáramos hacia allí con decisión.

En 1997, después del Capítulo General, el P. General me nombró Delegado General para Japón y Filipinas, y allí fui. En Cebú he pasado los años más gozosos de mi vida. Los más duros, y los más creativos. Allí pude acompañar a los escolapios que habían llegado antes que yo en el crecimiento de una demarcación llena de futuro. En Japón admiré la constancia y el esfuerzo de un pequeño grupo de escolapios que allí siguen desde hace muchos años, y a los que yo considero como modelos de misioneros, santos vivos. Es hora, creo, de que la Orden les haga un homenaje colectivo, por su fidelidad. No creo que en nuestra historia haya un ejemplo más luminoso de generosidad y vocación misionera, en circunstancias tan duras.

En Filipinas acompañé a los primeros jóvenes que quisieron unirse a nosotros. Fue una experiencia exaltante, ver el crecimiento de su vocación, compartir sus sueños y las primeras realidades pastorales de aquella demarcación. Con ellos me abrí a la cultura asiática, tan diferente de la europea o de la americana. Con ellos soñé la expansión de la Orden en Asia, que estoy seguro se producirá en los años que vienen.

Cuando más feliz me encontraba en la misión, otro P. General, Jesús Lecea, me pidió que cambiara de continente. Hice las maletas y me vine para Miami. Para llevar a cabo otro tipo de misión, vinculada al SEPI y su trabajo con los emigrantes hispanos en el sureste de los Estados Unidos. Suceder en el cargo a alguien que ha creado y dirigido una obra durante 30 años no es nada fácil, pero aquí estamos, con la mejor disposición y la actitud del siervo inútil. Llamar misión a la labor del SEPI no es exagerado; así lo considera la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, que por muchos años ha estado subvencionando la obra como “misión interna”. El sureste de este país es una zona con un porcentaje muy bajo de católicos, comparados con las masas de baptistas y otros evangélicos. La emigración hispana va cambiando las cosas, y ese es nuestro reto: acompañar a los recién llegados a incorporarse, con la debida preparación, en las estructuras de la Iglesia Católica de este país. Todas las denominaciones religiosas en Estados Unidos están “pescando” en el río revuelto de hispanos (generalmente católicos) que llegan aquí. Es algo que los obispos católicos intentan remediar, ofreciendo estructuras de acogida.

Mi trabajo en el SEPI me ha permitido abrirme a una nueva cultura, o más bien a diferentes culturas: la “genuina” americana, y las diversas culturas “mestizas” que van llegando a este país. Por supuesto, se trata de una experiencia muy enriquecedora. Y no sólo en lo cultural, sino también en lo religioso. Me he visto obligado a retomar mis estudios teológicos, y he descubierto muchas cosas que antes ignoraba y ahora me llenan de admiración, como el significado de la Virgen de Guadalupe en la evangelización de las Américas. Estoy encantado trabajando con los hispanos. En ellos aprecio lo que tienen de común con mi cultura nativa, y también lo que en ellos hay de joven, de nuevo. Los hispanos van a jugar un gran papel en el futuro católico de este país. Y, posiblemente, del mundo.

El hecho de estar destinado al SEPI me ha permitido entrar en contacto con otra experiencia misionera bien genuina: las misiones escolapias de Tabasco (México) que el P. Mario Vizcaíno puso en marcha hace casi 40 años. Son ya tres veranos consecutivos que, con otros misioneros escolapios y laicos, voy allí, para vivir tres intensas semanas de misión entre gente indígena en rancherías alejadas. El párroco apenas llega por allí (se trata de parroquias muy extensas), así que la gente espera con gran interés y cariño la llegada de los misioneros. Y uno tiene que buscar la esencia de su fe, de su conocimiento y de su vida para compartirlo con ellos en unos pocos días…

Sí, cuando repaso mi vida de escolapio, creo que puedo decir que soy misionero de muchas misiones. Por la gracia de Dios, sin ningún mérito por mi parte. Como no sea el de haberlas aceptado.