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  DIMENSIÓN MISIONERA DE CARITAS IN VERITATE

Misioneros de Mariannhill, verano de 2009

   

Ya se han iniciado, desde claves y ópticas distintas, diversas lecturas de la tercera carta encíclica de Benedicto XVI, Cáritas in veritate. También cabe una lectura desde la actividad misionera de la Iglesia.

El argumento fundamental del texto tiene unas grandes connotaciones misioneras. La razón de la vocación misionera es salir a los caminos para encontrar a quienes puedan interesarse por el sentido de su vida. Este diálogo, de hechos y palabras, conduce siempre al mismo fin: el Evangelio de Jesucristo que es la respuesta al sentido de la vida. Y este es el mensaje que está en el subsuelo de la carta: “se ha de buscar, encontrar y expresar la verdad en la ‘economía’ de la caridad, pero, a su vez, se ha de entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad”. Esta esencialidad está en la entraña misma de la misión: “para la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable. Su doctrina social es una dimensión singular de este anuncio: está al servicio de la verdad que libera. Abierta a la verdad de cualquier saber que provenga, la doctrina social de la Iglesia la acoge, recompone en unidad los fragmentos en que a menudo la encuentra, y se hace su portadora en la vida concreta siempre nueva de la sociedad de los hombres y los pueblos (n. 9).

Desde el punto de vista misionero, la encíclica detiene su mirada ante los “no pequeños problemas” que padece la humanidad y las desigualdades que afectan a los pueblos, haciendo más grande cada día la separación entre los muchos pobres y los pocos ricos que, paradójicamente, poseen la práctica totalidad de la riqueza humana. “Por una parte, se registran signos de graves desequilibrios sociales y económicos; por otra, se invocan desde muchas partes reformas que no pueden demorarse por más tiempo para superar la brecha en el desarrollo de los pueblos. El fenómeno de la globalización puede, en este sentido, constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el descubrimiento de los valores éticos fundamentales”. Ante esta situación la labor social y humanizadora de los misioneros es uno de los medios que la Iglesia ofrece a la humanidad para que al menos los más necesitados tengan a su lado a quienes, sin intereses creados, se hacen solidarios de su situación e interpelan a quienes se han alejado para que vuelva la mirada a esa humanidad sufriente.

La encíclica constata la interpelación que la situación hace a la humanidad y, por lo mismo, a la Iglesia: la riqueza mundial crece en términos absolutos, pero aumentan también las desigualdades; no basta progresar sólo desde el punto de vista económico y tecnológico, el desarrollo necesita ser ante todo auténtico e integral; el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad; el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos “Lázaros” a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón; la apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Constataciones que, cada día y de forma casi unívoca, viven los misioneros y misioneras en la misión a la que han sido enviados. También en los países considerados desarrollados hay signos evidentes de esta situación que ha de ser evangelizada y humanizada. Situaciones a las que responde, o al menos lo intenta, la Iglesia a través de su actividad misionera: “El testimonio de la caridad de Cristo mediante obras de justicia, paz y desarrollo forma parte de la evangelización, porque a Jesucristo, que nos ama, le interesa todo el hombre. Sobre estas importantes enseñanzas se funda el aspecto misionero de la doctrina social de la Iglesia, como un elemento esencial de evangelización. Es anuncio y testimonio de la fe. Es instrumento y fuente imprescindible para educarse en ella” (n.15).

El testimonio de los misioneros es un constante aldabonazo en la conciencia de quienes están cómodamente instalados en una manera de vivir caracterizada por tener las necesidades básicas aseguradas. Su labor no sólo es llamada de atención sino que es modelo de actuación. Promover la dignidad humana entre todos los seres humanos pasa necesariamente por la gratuidad en la donación personal. No es la caridad por la caridad, sino el camino por el que circulan las exigencias elementales de la convivencia humana. De ahí algunas consecuencias señaladas por el Papa: necesitar de leyes justas y formas de redistribución; la solidaridad implica que todos se sientan responsables de todos; apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión; la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa... La labor de los misioneros pudiera substanciarse en la búsqueda de estas exigencias.

Desde el inicio del cristianismo aparece como idea-fuerza del Evangelio la necesidad de compartir lo que somos y tenemos. El ejercicio del amor fraterno, que brota del amor de Dios, hace que la caridad sea la razón de ser de la vocación misionera. Allí donde hay un misionero, allí hay una comunión de personas que vive la fraternidad. De ahí que “el diálogo fecundo entre fe y razón hace más eficaz el ejercicio de la caridad en el ámbito social y es el marco más apropiado para promover la colaboración fraterna entre creyentes y no creyentes, en la perspectiva compartida de trabajar por la justicia y la paz de la humanidad”. Por eso, Benedicto XVI concluye su encíclica constatando que “el amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande”.

Como botón de muestra de algunos de los fenómenos sociales que hoy inciden con mayor fuerza en la actividad misionera está el de la inmigración de personas de un país a otro. Migración que en los territorios de misión es aún más grave porque la razón de estos desplazamientos no es la búsqueda de una vida mejor si no la huida del país de origen. Ante estas situaciones, razona el Santo Padre, “podemos decir que estamos ante un fenómeno social que marca época, que requiere de una fuerte y clarividente política de cooperación internacional para afrontarlo debidamente. Esta política hay que desarrollarla partiendo de una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes: ha de ir acompañada de adecuadas normativas internacionales capaces de armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino. Ningún país por sí solo puede ser capaz de hacer frente a los problemas migratorios actuales. Todos podemos ver el sufrimiento, el disgusto y las aspiraciones que conllevan los flujos migratorios. Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación”.

Aun no ofreciendo “soluciones técnicas a las grandes problemáticas sociales del mundo actual”, porque no es esta la competencia del Magisterio de la Iglesia, la encíclica recuerda los grandes principios indispensables para construir el desarrollo humano de los próximos años: “la atención a la vida del hombre, considerada como centro de todo verdadero progreso; el respeto del derecho a la libertad religiosa, siempre unido íntimamente al desarrollo del hombre; el rechazo de una visión prometeica del ser humano, que lo considera artífice absoluto de su propio destino”. Más adelante tendremos la oportunidad de penetrar desde la fe y el compromiso misionero en otras claves que muestren, con evidencia, la inquebrantable unidad entre el anuncio del evangelio y la promoción y desarrollo de los pueblos, porque ambas dimensiones gravitan sobre la verdad del hombre y son posibles gracias al amor y la caridad: Caritas in veritate.