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Esto es lo que a todos nos gustaría, y es lo que, dicho así de simple, de directo y de verdadero, pretendemos todos y lo que nuestros documentos y programaciones institucionales nos señalan: establecer un proceso de mejora de la calidad de vida en nuestras comunidades.

Hemos comenzado, hace ya dos años, el proceso de mejora de nuestra calidad ministerial calasancia. Le estamos dedicando, además de muchas energías, mucho tiempo. Ahora contamos con la apoyatura y empuje del plan “EDUGÉS”. Los mundos empresarial, educativo, político, deportivo…, todos están en proceso de mejorar la calidad de su funcionamiento, su presencia pública, su oferta, su eficacia… Control de calidad, certificaciones ISO 2000, C de calidad, etc. Todos quieren subirse al carro de la venta y ser los primeros en ese afán.

Sin embargo, la llave que abre el proceso de una buena eficacia está en la calidad de las personas, de la familia, de la comunidad. Y es la que menos se programa, a la que menos tiempo y energías se le suele dedicar, salvo raras excepciones.

El contenido de este número de nuestra revista Peralta pretende dotarnos de pensamientos, medios y comunicaciones mediáticas sencillas y prácticas, para vivir más felices en comunidad y conseguir así, sólo así, ser más significativos de la presencia de Dios y de su Reino en el mundo, al servicio de nuestros hermanos los hombres. Recordemos, una vez más, que la calidad de nuestras relaciones ad intra y ad extra son los mejores medios de evangelización y de autoevangelización.

Necesitamos “nacer de nuevo”, nos dice Jesús, en su conversación con Nicodemo, a pesar y por encima de los años y de las estructuras personales e institucionales que hemos ido construyéndonos individual y comunitariamente: “Y tú, maestro en Israel ¿no comprendes esto?...En verdad, en verdad te digo que si no naces de nuevo, no entrarás en el Reino de Dios”

Nacer de nuevo, ver a los hermanos de mi comunidad como don de Dos, igual que predicamos a los padres que sus hijos son el mejor regalo de Dios para ellos, vivirlos como amigos, no como extraños, ni estorbos, ni rivales, es el objetivo fundamental de nuestras programaciones comunitarias. Es bien sencillo: es cuestión de actitud más que de actividad. Y la actitud se va fraguando a base de oración y de encuentro, de encuentro con los hermanos como experiencia de amistad y de amor evangélicos, más allá de la sola afectividad o simpatía.

En primer lugar, cada uno de nosotros debe preguntarse por la relación consigo mismo, ya que si “yo no estoy bien” conmigo mismo, todas mis relaciones con los demás quedarán afectadas por esa mala relación conmigo mismo.

Bienaventurados los que se arriesgan en la aventura de unos ejercicios prácticos comunitarios y de las sabias enseñanzas que introducen en el proceso de una nueva comunidad y a la que los demás señalarán por el “mirad cómo se aman”, cómo se relacionan, cómo se cuidan, se hablan, se tratan y nos tratan a los demás, porque ellos serán fecundos, vivirán gozosos y serán llamados “Hijos de Dios”.

Tal vez, durante muchos años, nos hemos concentrado tanto en la búsqueda de la felicidad individual, que hemos olvidado que Dios nos llama fundamentalmente a la unidad con los hermanos. Y, por eso, no acabamos de experimentar la felicidad duradera que sólo se consigue como fruto de la unidad. Aquí vale eso de que “cuando venga Dos nos encontrará reunidos, ¿pero unidos?”

Ojalá que este número de “Peralta” facilite la tarea de Dios que comenzó en cada una de de nuestras comunidades: ser uno: “en esto conocerán que sois de los míos: en que os amáis como yo os he amado”… “Te pido, Padre, que sean uno, como tú y yo somos uno.”

 

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