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Ejercicios de comunicación para hacer comunidad

("Frontera - Egian")

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Para orar al comienzo o final de las reuniones de comunidad

("Frontera - Egian"

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Revisión de vida

("Por un mundo mejor")

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Secretariado de Pastoral - Crónica de un verano

(P. José Ignacio Bilbao)

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Todos sabemos cuán necesarias son las vocaciones para la vida, el testimonio y la acción pastoral de nuestras comunidades. Y sabemos también que, a menudo, la disminución de las vocaciones es consecuencia de la atenuación de la intensidad de la fe y del fervor espiritual.

Así pues, no debemos contentarnos fácilmente con la explicación según la cual la escasez de las vocaciones quedaría compensada con el crecimiento del compromiso apostólico de los laicos o que, incluso, sería algo querido por la Providencia para favorecer el crecimiento del laicado. Al contrario, cuanto más numerosos son los laicos que quieren vivir con generosidad su vocación bautismal, tanto más necesarias son la presencia y la obra específica de los religiosos.

El empeño de la Escuela Pía a favor de las vocaciones debe basarse en un gran compromiso común, en el que han de colaborar tanto los laicos como los religiosos, y que consiste en redescubrir la dimensión fundamental de nuestra fe, para la cual la vida misma, toda vida humana, es fruto de la llamada de Dios y sólo puede realizarse positivamente como respuesta a esa llamada.

  DON Y MISTERIO  

Dentro de esa gran realidad de la vida como vocación, y en concreto de nuestra vocación bautismal común, manifiesta su extraordinario significado la vocación a la vida religiosa, a la vida sacerdotal. En efecto, es don y misterio de la gratuita elección divina: “No me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn. 15,16).

Sí, queridos hermanos, nuestra vocación es un misterio; el misterio de un maravilloso intercambio entre Dios y el hombre. Éste ofrece a Cristo su humanidad para que Él pueda servirse de ella como instrumento de salvación, casi haciendo de este hombre otro sí mismo. Si no se percibe el misterio de este intercambio no se logra entender cómo puede suceder que un joven, escuchando la palabra “¡SÍGUEME¡”, llegue a renunciar a todo por Cristo, en la certeza de que por este camino su personalidad humana se realizará plenamente.

Por tanto, cuando hablamos de nuestra vocación escolapia y damos testimonio de ella, debemos hacerlo con gran alegría y gratitud y, al mismo tiempo, con gran humildad, conscientes de que “Dios nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia” (2Tim 1,9).

  ES NECESARIO ORAR POR LAS VOCACIONES ESCOLAPIAS  

Así resulta evidente por qué el primer y principal compromiso a favor de las vocaciones no puede ser otro que la oración: “la mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).

La oración por las vocaciones no es y no puede ser fruto de la resignación, como si pensáramos que ya hemos hecho todo lo posible por las vocaciones, con muy pocos resultados, y que, por consiguiente no nos queda más que rezar. La oración no es una especie de delegación al Señor para que Él actúe en vez de nosotros. Por el contrario, significa fiarse de Él, ponerse en sus manos, lo cual, a su vez, nos da confianza y nos dispone para realizar las obras de Dios.

Por eso la oración por las vocaciones es ciertamente tarea de toda la comunidad, pero deben hacerla intensamente ante todo los que tienen la edad y las condiciones para elegir su estado de vida , como sucede, en particular, con los jóvenes.

Por el mismo motivo, la oración debe ir acompañada de una pastoral que tenga un claro y explícito carácter vocacional. Desde que nuestros niños y jóvenes comienzan a conocer a Dios y a formarse una conciencia moral hay que ayudarles a descubrir que la vida es vocación y que Dios llama a algunos a seguirlo más íntimamente, en la comunión con Él y en la entrega de sí. Por eso, las familias cristianas tienen una grande e insustituible misión y responsabilidad con respecto a las vocaciones, y es preciso ayudarles a corresponder a ellas de manera consciente y generosa. De modo análogo, la catequesis y toda la pastoral de iniciación cristiana deben ofrecer una propuesta vocacional.

Naturalmente, esta propuesta se ha de hacer más fuerte y penetrante, siempre respetando plenamente las conciencias y la libertad de las personas, a medida que se pasa de la infancia a la adolescencia y luego a la juventud. Por eso uno de los criterios fundamentales de la pastoral juvenil, escolar y universitaria, ha de ser el cultivo y la solicitud por las vocaciones. Y, por último, cada comunidad debe sentirse corresponsable de la propuesta y del acompañamiento vocacional.

  IMPORTANCIA DEL TESTIMONIO DE LOS RELIGIOSOS  

Con todo, es evidente que la pastoral vocacional nos compete ante todo a nosotros religiosos, y está confiada, en primer lugar, a nuestra oración, a nuestro ministerio y a nuestro testimonio personal. En efecto, es difícil que una vocación escolapia nazca sin relación con la figura de un escolapio, sin contacto personal con él, sin su amistad, sin su paciente y diligente atención y sin su guía espiritual.

Si los niños y jóvenes nos ven afanados en demasiadas cosas, inclinados al mal humor y al lamento, descuidados en la oración y en las tareas propias de nuestro ministerio, ¿cómo podrán sentirse atraídos por el camino escolapio?. Por el contrario, si experimentamos en nosotros la alegría de ser ministros de Cristo, la generosidad en el servicio a la Iglesia en la Escuela Pía y el interés por promover el crecimiento humano y espiritual de los chavales que se nos han confiado, les impulsarán a preguntarse si ésta no puede ser también para ellos/as “la parte mejor” (Lc 10,42), la elección más hermosa para su joven vida.

Encomendamos a nuestra Madre la Virgen de las Escuelas Pías, nuestra peculiar solicitud por las vocaciones a la Iglesia y a la Escuela Pía. Le encomendamos de igual modo nuestra santificación personal. La Escuela Pía necesita religiosos santos para abrir a Cristo incluso las puertas que parecen más cerradas.

 

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