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Ejercicios de comunicación para hacer comunidad

("Frontera - Egian")

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Para orar al comienzo o final de las reuniones de comunidad

("Frontera - Egian"

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Revisión de vida

("Por un mundo mejor")

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Secretariado de Pastoral - Crónica de un verano

(P. José Ignacio Bilbao)

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Toda la fecundidad de la vida religiosa depende de la calidad de la vida fraterna en común. Más aún, la renovación actual en la Iglesia y en la vida religiosa se caracteriza por una búsqueda de comunión y comunidad. Por ello la vida religiosa será tanto más significativa cuanto más logre construir comunidades fraternas en Cristo, en las cuales, por encima de todo, se busque y se ame a Dios; por el contrario, perderá su razón de ser si olvida esta dimensión del amor de cristiano, que es la construcción de una pequeña “ familia de Dios” con los que han recibido la misma llamada. En esta vida fraterna se debe reflejar “la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los hombres” (Ti 3,4), tal como se manifestó en Jesucristo.

Ahora bien, si este testimonio público de la vida religiosa no se ofrece en la acción apostólica o en la autorrealización personal, las comunidades religiosas pierden su fuerza evangelizadora y ya no son las realidades que San Bernardo definió con su hermosa expresión Scholae amoris, es decir, lugares donde se aprende a amar al Señor y a convertirse, día tras día, en hijos de Dios y, por tanto, en hermanos y hermanas.

Al igual que la Iglesia, también nuestra sociedad puede obtener grandes beneficios de las comunidades fraternas, que están llamadas a ser puntos luminosos de referencia para cuantos deben superar dificultades originadas por la diversidad de intereses, linaje, raza y cultura.

La comunidad religiosa puede constituir así un testimonio viviente, en medio de un mundo anhelante de paz que trata de superar sus conflictos, pues la fraternidad de la vida religiosa no es un ideal abstracto, irrealizable, sino algo concreto y comprobable, un ejemplo de la reconciliación universal de Cristo.

Las comunidades religiosas, que anuncien con su vida la alegría y el valor humano y sobrenatural de la fraternidad cristiana, manifiestan a nuestra sociedad, con la elocuencia de los hechos, toda la fuerza transformadora de la buena nueva. Al mismo tiempo, son auténticas escuelas superiores dedicadas a la formación de hombres y mujeres que aprenden el amor evangélico hacia los más débiles y marginados, y adquieren la capacidad de unir hombres y mujeres de toda lengua, pueblo, tribu y nación, para formar una nueva humanidad, plasmada por la palabra de Cristo Señor y por el Espíritu Santo.

Para alcanzar esta meta elevadísima, es preciso tener siempre presente que la vida fraterna tiene como objetivo formar una familia peculiar, reunida no por motivaciones humanas, sino por una invitación especial del Señor, a fin de que sea en la Iglesia el signo visible del amor dinámico y difusivo que une a las tres Personas de la Santísima Trinidad. Por ello, la vida fraterna es, ante todo, obra del Espíritu Santo, que nunca deja de actuar cuando los hermanos “perseveran en la oración con un mismo espíritu” (Hch 1,14). Cuando se ora, Dios concede la capacidad de construir comunidades alegres, acogedoras, solícitas en el servicio a los hermanos y hermanas en el camino de la nueva alianza, pero también a las demás comunidades cristianas en el testimonio de la fraternidad.

LA VIDA CONSAGRADA COMO SIGNO DESDE EL CARISMA ESCOLAPIO

Reavivar nuestra vocación es la forma más fiel que tenemos de vivir esta nueva época en la que nos encontramos, al principio del milenio.

Aceptar que hay elementos en crisis entre nosotros y que así compartimos situaciones vividas por muchas otras personas en este mundo, por lo menos resulta sano. Aceptar esto ya es buen principio. Sobre todo si nos lleva a buscar nuevos caminos y a profundizar en todo lo que es o puede ser nuestra identidad. Como religiosos somos, ante todo, una forma de caminar siguiendo al Señor, en nuestro contexto concreto. Nuestra Orden es un mini ecosistema que sustenta una forma de vida diferente en este mundo. Un ecosistema hecho de relaciones hacia fuera y hacia dentro del grupo sutiles, variadas y a veces delicadas: Y ese conjunto de relaciones que llamamos vida, no es nada estático, sino bien dinámico.

¿Qué hacer? ¿Por dónde caminar?. Necesitamos una “ecología para el florecimiento”, una visión global, dinámica y equilibrada que sea capaz de reafirmar, fortalecer los trazos más profundos, las relaciones más fundamentales de nuestra vida. Allí donde crece, se fortalece nuestra vida. Para nosotros, estas claves son: Dios, la Iglesia, los hermanos y el mundo. Todo eso, desde luego visto desde el niño pobre y los jóvenes. Lo podríamos traducir en que, como escolapios, debemos de ser capaces de:

vivir de una forma feliz y profundamente humana en este mundo,
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engendrar una experiencia de Dios entre nosotros hoy,
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crear comunión fraterna,
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vivir una nueva eclesialidad de comunión,
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y, al mismo tiempo, transmitir todo esto.

A lo largo de estos años y después de la publicación “exhortación apostólica VITA CONSECRATA” se ha oído y se ha escrito repetidamente que, en bastantes de nosotros, había una necesidad, un deseo, de dar más profundidad religiosa a la vida que se llevaba. Se buscaba renovar nuestra vida religiosa, confirmar nuestra identidad escolapia, recobrar una cierta “mística” de Provincia, algo que como grupo nos dé más brío, más aliento y ánimo. Algo que también nos haga sentirnos más unidos en nuestra vida diaria. Aquello que es el fundamento, lo que nos da más consistencia y fortaleza, aquello que nos explica lo que somos. Somos religiosos escolapios y queremos crecer, alentar toda esta rica experiencia vocacional que nos reúne y que nos hace a cada uno ser religiosos de la Provincia Escolapia de Aragón.

Las claves con que se completa todo esto, son las que conforman la vocación religiosa y que son:

LA VIDA RELIGIOSA ES ANTE TODO VIDA, es nuestra forma de vivir, de ser personas y ser felices, por eso debemos cuidar las relaciones, la alegría e ilusión en la vida de cada día. Cuidar ante todo a cada persona en el momento concreto de su vida, en su ministerio y animar a las comunidades.
ES UNA VIDA ESPIRITUAL, en seguimiento de Jesús, una cierta forma de Seguirle hoy en el Espíritu. Esto implica alentar y cuidar la experiencia espiritual y de un modo especial la dimensión orante.
ES UNA VIDA QUE NO LA INVENTAMOS AHORA, NOS VIENE DADA POR EL ESPÍRITU A TRAVÉS DE UNA HISTORIA CONCRETA, QUE HOY HAY QUE HACERLA REAL.
Nuestra Orden nos ofrece una ecología peculiar, donde encontramos una identidad y tenemos que construir un estilo distinto. Por eso debemos de redescubrir a Calasanz; creer en sentido de Orden, y llorar y hacer luto porque, en ella, muchas cosas buenas se han acabado y alegrarnos porque el Espíritu nos anima a buscar otras que respondan a nuestro mundo.
TODO ESTO QUE PREVEMOS COMO TAREA, implica que cada uno de nosotros personalmente y como grupo nos consideremos como personas en formación. Una formación que es continua, en todos los momentos de nuestra vida, de forma inicial o permanente.

Metodológicamente desde luego estamos todos convencidos de que la puesta en práctica de todo esto no se hará sólo con constataciones, con palabras, con reflexiones y con documentos. Lo que se nos pide reavivar está en el nivel de la praxis, de algo que envuelve proyectos, programaciones concretas y que desemboca en la vida, en un estilo de vida donde se incluyen las claves fundamentales que nos conforman.

Esto nos lleva a crear medios que concreten las estrategias con las que queramos realizar lo que nos proponemos. Y estos medios para hacer operativo todo esto tiene que nacer desde, por lo menos tres instancias. Nos debemos preguntar:

¿qué me dice todo esto?, personalmente ¿cuál es mi proyecto personal?
comunitariamente (proyecto comunitario)
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y provincialmente (la Congregación Provincial responderán a esto).

Mirando un poco al mundo en que nos movemos, estas serían algunas pautas que podrían orientarnos:

  A) NIVEL HUMANO  

Cultivar y recuperar entre nosotros todo lo humano, sobre todo la ilusión y la felicidad de la vida. O somos expertos en humanidad o difícilmente diremos algo.
Cuidar y atender el momento vital en que estamos cada uno.
¿Cómo es el mundo de nuestras relaciones?. Nuestro ecosistema personal y comunitario. El mundo de la pluralidad y la variedad.
De una forma especial, cuidar y trabajar la comunidad como espacio de relación , de acogida y referencia humana y ámbito de crecimiento y maduración de nuestra fe. La Comunidad como espacio de celebración y fiesta.
Promover el diálogo, superando tanto la intolerancia como el relativismo.

B) NIVEL RELIGIOSO

Cuidar y cultivar la oración tanto personal como comunitariamente.
Cultivar medios de nuestra experiencia de Dios como la Eucaristía y la Reconciliación.
Cultivar la experiencia de escucha y celebración de la Palabra y de la vida, de silencio y contemplación.
Desde la centralidad del seguimiento de Jesús, vivir los votos como algo positivo, como respuesta evangélica a la humanidad. Apertura del corazón a todos, sobre todo a los más necesitados; solidaridad en el compartir los bienes y reafirmar nuestra opción por los pobres; apertura y búsqueda constante y comunitaria de la voluntad de Dios en mi vida.

C) NIVEL ESCOLAPIO

Redescubrir a Calasanz.
Profundizar en nuestras características y señales de identidad hoy.
Crecer en sentido y sensibilidad de Orden.
Recuperar la conciencia de que es tiempo del Espíritu; sin quien, la vida se apaga, los proyectos se transforman en leyes sin gracia y la fraternidad en equipos de trabajo.
Redescubrir nuestro estilo de vida escolapia, en pobreza y austeridad personal y comunitaria; de humildad y servicio; reformado y transformador; abierto y acogedor; orante y laborioso ...
Cuidar y enriquecer, entre todos, la vida fraterna en comunidad como elemento esencial a nuestra vida y testimonio.

D) NIVEL DE FORMACIÓN

Personal y comunitario: qué hacer por la formación.

Reavivar nuestra vocación consiste en situarnos en medio de una sociedad que como nosotros sufre una crisis de identidad. Seamos conscientes de que el valor de nuestra vida escolapia está, más que en la perfecta definición que podamos dar de nosotros, en la vida que podamos engendrar (porque somos profundamente escolapios).

La vida religiosa está llamada a ser en la Iglesia una forma máxima de ese “signo” de comunión con Dios y con los hermanos que nutre por dentro el compromiso apostólico. Y ser “signo” no es tanto el hecho del religioso o religiosa aislados cuanto el hecho de su comunidad. ¡Ojalá se muestre ella tan viva y tan radiante que cuantos la contemplen se hagan permeables a la Palabra de Dios y a la fe!.

El religioso o religiosa por libre nunca será un ideal ni un modelo a imitar. Pretender vivir una vida independiente, al margen de la comunidad, es no haber comprendido ciertamente el camino seguro de la perfección del propio estado. Nuestra sociedad tiende a aplaudir a la persona independiente, individualista y segura de sí misma. El Evangelio, en cambio, pide a la persona saber morir a sí misma para que nazca, aquí, esa comunidad teologal, fraterna y apostólica, como única manera de ser Iglesia, de significarla y enriquecerla.

 

 

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