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“El Señor nos alimentó con flor de harina,
nos sació con miel silvestre” (Salmo 81/80, 12)

Como motivación para ese pequeño ejercicio de reflexión sobre la Vida Comunitaria quiero incluir dos hechos de diversa índole y procedencia que nos van a ir poniendo en ambiente y sintonía.

El primero es la historia de Pepe:
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Pepe era el tipo de persona que a uno le encantaría ser. Siempre estaba de buen humor y siempre tenía algo positivo que decir. Cuando alguien le preguntaba cómo le iba, él respondía:

- "Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo"...

Era un buen camarero, el mejor, porque había varios jefes que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón por la que seguían a Pepe era por su actitud. Él era un motivador nato: Si un compañero tenía un mal día, Pepe estaba ahí para decirle cómo ver el lado positivo de la situación.

Ver este estilo de ser realmente me causó curiosidad; así que un día fui a buscar a Pepe y le pregunté:

- No lo entiendo... no es posible ser una persona positiva todo el tiempo. ¿Cómo lo haces?

Pepe le respondió:

- "Cada mañana me despierto y me digo a mí mismo: Pepe, tienes dos opciones hoy: Puedes escoger estar de buen humor, o puedes escoger estar de mal humor; escojo estar de buen humor. Cada vez que sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello; y escojo aprender de ello.

Cada vez que alguien viene a mí para quejarse, puedo aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo de la vida; escojo el lado positivo de la vida".

- Sí, claro, pero no es tan fácil, protesté.

- "Sí lo es", dijo Pepe.

- "Todo en la vida se centra en elecciones. Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección. Tú eliges cómo reaccionas ante cada situación, tú eliges cómo la gente afectará a tu estado de ánimo, tú eliges estar de buen humor o de mal humor. En resumen, TÚ ELIGES CÓMO VIVIR LA VIDA".

Reflexioné en lo que Pepe me dijo...

Poco tiempo después, dejé la industria hotelera para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba en Pepe cuando tenía que hacer una elección en la vida, en vez de reaccionar contra ella. Varios años más tarde, me enteré que Pepe hizo algo que nunca debe hacerse en un negocio de restaurante: dejó la puerta de atrás abierta y una mañana fue asaltado por tres ladrones armados. Mientras trataba de abrirles la caja fuerte, su mano temblando por el nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le dispararon. Con mucha suerte, Pepe fue encontrado relativamente pronto y llevado de urgencia a una clínica. Después de ocho horas de cirugía y semanas de terapia intensiva, Pepe fue dado de alta, aún con fragmentos de bala en su cuerpo. Me encontré con Pepe seis meses después del accidente; cuando le pregunté cómo estaba, me respondió:

- "Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo".

Le pregunté qué pasó por su mente en el momento del asalto. Me contestó:

- Lo primero que vino a mi mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando estaba tirado en el piso, recordé que tenía dos opciones: Podía elegir vivir o podía elegir morir. Elegí vivir.

- ¿No sentiste miedo? Le pregunté.

Pepe continuó:

- "Los médicos fueron geniales. No dejaban de decirme que iba a estar bien. Pero cuando me llevaron al quirófano y vi las expresiones en las caras de los médicos y enfermeras, realmente me asusté. Podía leer en sus ojos: es hombre muerto. Supe entonces que debía tomar una decisión".

- ¿Qué hiciste? Pregunté.

- "Bueno, uno de los médicos me preguntó si era alérgico a algo; respirando profundo grité:

- Sí, a las balas. Mientras reían, les dije: “estoy escogiendo vivir, opérenme como si estuviera vivo, no muerto".

Pepe vivió por la maestría de los médicos, pero sobre todo por su asombrosa actitud. Aprendió que cada día tenemos la elección de vivir plenamente; la ACTITUD, al final, lo es todo.

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Y el segundo hecho:
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Hace poco tiempo (no más de dos años) un sacerdote de la Diócesis de Zaragoza hizo un estudio sobre la calidad de vida del clero de esa diócesis. No sé si leísteis algo. Puede estar a vuestro alcance, sin duda, con sólo preguntar (No tengo ahora la referencia concreta de ese estudio que me pareció ‘de calidad’). Sus conclusiones, recogidas en sentido amplio, son también premisas de esta reflexión que he querido iniciar con vosotros:

En esta época  todos hablan de calidad de productos, de calidad de procesos, calidad de servicios, calidad de sistemas... muy poca gente habla de calidad humana, calidad de vida... y sin ella, todo lo demás es apariencia, sin fundamento.

Hablar de calidad humana, es cuidar nuestros vínculos con los demás. Necesitamos rehacer nuestros vínculos humanos.

De nada sirve trabajar de sol a sol en un lugar donde no tenemos amigos y llegar cansados a una comunidad en la que nadie se interesa en saber cómo nos fue.

¿Para qué trabajar tanto, si nos sentimos solos?

Es doloroso sentirse preocupado y no contar con alguna persona a la que abrirle el corazón. De nada vale estar en una cancha de tenis, de fútbol, o frente a un juego, si no tenemos con quién jugar, con quién disfrutar ese momento.

¿Para qué tener lo que no se puede compartir?

Ni las cosas, ni el dinero, poseen valor intrínseco. El valor de lo material está en su aplicación, en el servicio a alguien más o la convivencia con alguien más.

La belleza de tener está en compartir.

La magia de luchar por una prosperidad económica, estriba, ni más ni menos, en poder ver sonreír a alguien a quien le damos el privilegio de disfrutar lo que ganamos.

Eso es parte de la naturaleza humana: dar, convivir, amar, servir... ayudar.

Quiero hacer una precisión imprescindible para evaluar el bloque entero de esta pequeña colaboración y no llamarnos a engaño en cuanto al resultado: Como el tema que se plantea sobre la VIDA COMUNITARIA es tan amplio, resulta más provechoso acotarlo a lo que deseemos, y -de este modo- poder profundizar un poco más en ese aspecto concreto. Y eso es lo que pretendo hacer, sin renunciar a señalar diferentes ramas que toquen al mismo y que vayamos dejando atrás, como caminos a los que premeditada y anticipadamente renunciamos y que, en ocasiones, pueden tener tanta fuerza como el mismo que hayamos seleccionado (por claridad, iremos señalando con un ? las derivaciones de este camino principal, que bien podrían retomarse en otras ocasiones, también de modo singularizado). Una llamada similar a como ponen los diccionarios cuando remiten a la búsqueda de otros vocablos del mismo campo significativo que el que se estudia.

Todos vosotros os vais dando cuenta de cómo van evolucionando nuestras Comunidades en Aragón: no hace falta más que echéis mano a vuestros recuerdos de hace 20 ó 30 años (¡no vayáis tampoco más atrás!): en número, en edades, en costumbres, en trato de unos para con otros, en el desarrollo de la vida que en ellas se tiene; no digamos ya en las relaciones con el trabajo de la escuela, o colegial; en la relación con nuestras familias; en las relaciones con el profesorado-compañero; en nuestros mismos inmuebles que constituyen la vivienda donde nos movemos... Cada uno puede anclar su memoria en algún Colegio o Comunidad concreta donde, por las circunstancias que fueren, ha vivido: analizar esa Comunidad, verse a sí mismo dentro de ella, con todas sus potencialidades de entonces. Ya es más suerte que pueda comparar con la situación si está en la misma comunidad que entonces, porque los datos le podrán parecer más verídicos y fiables. Los datos no infunden ánimo a ninguno, ciertamente. La clave está en lo que media entre lo que somos por vocación y nuestra realidad (el ideal y lo real).

Pero que nadie se quede en el pesimismo de las cifras o de las comparaciones. Cierto que hemos perdido número, vitalidad, energías jóvenes, impulsos vitales frescos, arrestos... Pero hemos ganado en otras muchas cosas. Veamos:

  1. Nuestra formación fue dependiente, teórica, cuadriculada, poco sometida a la vida; otros dicen: nos lo pasamos muy bien durante los años de nuestra formación. ¡Fuimos felices! Y otros: nuestra formación fue la que pudo ser, en atención a los tiempos que correspondían. Y hasta había quien ni siquiera se preguntaba por la finalidad de la formación, porque estaba a la espera de parar pronto esa etapa para “hacer” cosas importantes. Nunca nos dejaron especializarnos, comentan otros; en ningún campo hemos podido sobresalir (¿Cuándo aprenderemos de los Jesuitas y sus ‘futuros mártires del Japón’?). El Escolapio ha sido siempre un self-made-man. Nunca tuvimos tiempo tranquilo para nuestra propia formación, y ahora se nos pide que la tengamos en cada uno de los campos específicos. (?)
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  2. Personas que no han podido desarrollarse en cuanto a su valía; que no han asumido nunca responsabilidades... se ha generado en ellas una especie de duda malsana acerca de la frustración personal, sobre no autorrealización. El refugio en la masa no venía del todo mal, apostillan algunos. Aquel corporativismo resultaba sofocante. Excesivas formalidades en el trato. Ahora se aprovechan mejor las cualidades de las personas: se sienten más revalorizadas y en mayor grado. Las personas que entonces considerábamos mayores con tan sólo 50 años, (padres beneméritos) hoy nos parecen más vitalistas con 70. Sería un pecado colectivo no ‘aprovechar’ la vitalidad, experiencia y riqueza que acumulan nuestros “mayores”. Ha sido evidente este giro antropológico con la consideración y valoración de la persona del religioso: invitación a la madurez humana: respeto, valores, dignidad, libertad (con ciertos chantajes a la autoridad, a veces); atención a los ritmos personales no estandarizados. En el doble juego de la obediencia, transigir muchas veces para que no se generen conflictos. A pesar de todo, hemos crecido en responsabilidad, más que con la dependencia de antes (?)
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  3. Hemos ganado bastantes quilates en la relación mutua, en comunidad. Aunque todavía no estemos contentos en muchos puntos. Mayor relación con el mundo. Excesivo individualismo con la consiguiente pérdida del sentido corporativo.
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  4. No puedo dejar al margen una observación que me parece trascendental: Estamos llegando (esto es una apreciación mía) a la carencia de un grupo de arrastre y tensión (en nuestra Orden se llamaba ‘masa crítica’ hace unos años), dentro de lo que Max Weber llamaba pequeño núcleo de religiosos “virtuosos”. Falta de piedad (eso de tener “poco catolicismo”): no hemos destacado mucho en ello. Acuerdo tácito sobre “mínimos” que llega a las programaciones, al trabajo, a los aspectos espirituales de nuestra vida (?)
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  5. A muchos les parece que la VC se ha colocado en la normalidad más vulgar, incluso en la ocultación de lo que es o debe ser, con una tendencia a la invisibilidad, a que la VC no sea distinta de otras. Algo que no se vea ni se note... Vean: instalación, aburguesamiento, comodidad-acomodo, transigencia, ambigüedad, disimulo, instalación, pereza-desidia, flexibilidad, autosatisfacción, autocomplacencia, conformismo, vulgaridad... (Gabino Uríbarri: Portar las marcas de Jesús, Teología y espiritualidad de la Vida Consagrada, DDB, p. 87):

“Podríamos pasar revista a muchos factores con los que hemos amoldado la VR al sentir del mundo: independencia económica; control personal de todos los gastos; comunidades de números más reducidos (lógicamente), pero afines en orientación ideológica y en campos de trabajo; mucha mayor apertura a las relaciones con personas de otros sexos; autonomía para decisiones de viajes, atenciones de médicos especialistas, vacaciones, ejercicios espirituales, horarios de trabajo en todo lo que podamos influir”... Aquí radica la más profunda contradicción de nuestra vida: ¿cómo de ese modo pretendemos que la Vida Consagrada sea signo? ¿y para quién? (?)

  1. Hay también valores que se han ido descubriendo más personalmente: pobreza, disponibilidad, identidad, intemperie, creatividad personal, renovación, deseos de florecer o reverdecer (en hoja, en flor y en fruto), trabajo asumido... cercanía, afecto, comprensión...
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  2. Debe nacer un NUEVO MODELO DE VIDA RELIGIOSA: ¿podrá instaurarse sobre NOSOTROS, o será imposible que se haga en NOSOTROS, por ser incapaces de un nacimiento nuevo (Jn. 3, 5.7) (?)

El tema clave lo tenemos en nuestra Vida Comunitaria. Aquí es donde tenemos que afrontar la lucha más directa, haciendo que cada uno de sus componentes caiga bien, se encuentre a gusto, tenga capacidad de hablar (limitado todo lo que se quiera por su carácter...) y comunicarse. Buscar el sitio adecuado; permitir crecer. Dejar esponjarse a los que sean más retraídos... Ir hacia adelante con el proyecto bien definido de nuestra respuesta a Dios y a los demás.

Resulta significativo el número elevado de mártires de los últimos decenios, si bien no son exclusivos de la vida consagrada. Aludiendo a este tema, en varias ocasiones el P. Balcells nos recordaba la escasez de mártires en la Escuela Pía (exceptuados los de la contienda española), siendo que el martirio es un correlato perfecto de la Vida Religiosa en la tradición eclesial, desde la antigüedad: representa una elección de fidelidad llevada hasta la donación total de la persona, poniendo el fin de la vida en los designios de Dios; es, a la vez, un don deseado, y una condición preparada (hemos oído en demasiadas ocasiones: “yo no tengo vocación de mártir”, para justificarnos de algo que se nos pedía y que nos exigía un poco más...)

La vida consagrada en comunidad es una vocación de martirio; tiene muchas exigencias para los miembros (como las del matrimonio), pero es muy hermosa en el sentido de que tenemos muchos apoyos en los que confiar cuando nos fallan las fuerzas, muchas ideas para poder llevar adelante un proyecto, más capacidad cuando tenemos que mover algo dificultoso...

No se limita, sin duda, a un programa de lecturas formativas, si falla la confianza de unos en otros; o de actividades religiosas programadas, si no animamos cada uno la vitalidad interior que nos une a Cristo; no se trata, simplemente, de estar juntos... Eso sólo es fatigante y frustrante, en la mayor parte de las ocasiones, pues impide crecer a los de más altos vuelos. Muchos de nosotros tendremos que cambiar (y ya sólo la palabra nos produce vértigo): a lo mejor, lo que aquí llamamos cambio no es más que una actitud buena para ir mejorando, para ser más acogedores, para no conformarnos, para vernos necesitados de esos cambios personales...

Algunos criterios y también pasos muy prácticos para trabajar en nuestra Programación, para aprender desde la sencillez y la pobreza de uno mismo (hacia la Vida Comunitaria):

  • Apreciar lo que realmente importa y es esencial para la vida 
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  • Desprenderse de lo inútil, insustancial, que nos hace fijarnos en lo que evangélicamente llama la mota en el ojo ajeno y nos hace olvidar la viga del propio
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  • Aprender a recibir y dar verdaderamente, gratuitamente, gozosamente
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  • Poner el espíritu de servicio por encima de todo, entregando sobre todo el tiempo de uno mismo a la Comunidad. No deben caérsenos los anillos por hacer lo que la Comunidad necesite de nosotros (pero tampoco que no toque hacerlo siempre a los mismos: que sea decisión de cada uno para todos).
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  • Saber asumir las deficiencias personales cuando nos las señalan los demás.
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  • Omitir lo que sé que molesta a los demás: saber apearse de los propios gustos cuando no son del gusto de los otros
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  • Poner como base de nuestra construcción comunitaria un profundo espíritu de fe, de vernos y orientarnos en Cristo que nos ha convocado
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  • Apreciar los valores de todas las personas, aprovecharlos y unificarlos en bien de la Comunidad
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  • Ley de oro: Filip. 2, 5-7: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús...” El referente principal y único es Jesús (Hebr. 12, 2): puestos los ojos en él, en Jesús, que es el inicio y el consumador de nuestra fe.
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  • Los demonios más frecuentes de nuestra vida comunitaria suelen ser éstos:

dejadez-desidia 
cansancio
recelo-suspicacia
tristeza

egoísmo-provecho
falta de respuesta
inconstancia
envidia

pereza- atonía
interés propio
impaciencia
soledad

rutina
desprecio
cálculo
rencor...

  • Verbos que nos sobran de las actividades y vida de nuestras Comunidades:

aparentar
imponer
aislarse

olvidarse
comparar

dominar
escaquearse

demostrar
aferrarnos

  • Con sangre deben pintarse los umbrales de las puertas de nuestras Comunidades, para que no entre el exterminio (Éx. 12, 22-23). Quien sueñe con que la Comunidad se construye sin esfuerzo, no entiende nada de ella, ni siquiera en el hipotético caso de que estuviera compuesta por personas psicológicamente afines, o incluso que se hubieran elegido mutuamente para formarla.
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  • El gran tesoro de nuestro campo, por el que merecería venderlo todo (Mt. 13, 44) podría ser la alegría. Os recuerdo, a los que os gusta la música, la letra con que termina la famosa Cantata 147 de JS Bach, “Jesús, alegría de los hombres”. Si estas palabras las meditas mientras escuchas esa música celestial, mejor. Dice así:

“Jesús sigue siendo mi alegría, el consuelo y la dulzura de mi corazón. Jesús me protege de todo sufrimiento. Él es la fuerza de mi vida, el placer y el sol de mis ojos, el tesoro y el deleite de mi alma. Por eso Jesús no se aparta de mi corazón y de mi rostro... Bienaventurado yo que tengo a Jesús. ¡Oh, qué firmemente me adhiero a él! Que él reanime mi corazón, cuando esté enfermo y triste. Tengo a Jesús que me ama y se entrega a mí. Por eso nunca abandono a Jesús, aunque se me parta el corazón”.

  • Ese aproximadamente 0,12% que representa la VR dentro de la Iglesia debiera ser como el catalizador que agiliza y aviva los procesos, mantiene las reacción de la vida en permanente actividad. Seguramente no seremos más, pero tenemos que ser sal buena (Mt. 11, 13), luz buena (Mt. 11, 14-15), levadura buena (Mt. 13, 33 y 16, 6) y no cizaña (Mt. 13, 24ss).

CONCLUSIONES FINALES

  1. Hemos de buscar con voluntad unánime y conjunta las formas de vida en las que se den estructuras que alimenten, sostengan y den crédito a nuestra misión (cierto tipo de oración personal y en común, el modo adecuado de vida comunitaria, eucaristía, contacto con los pobres, trabajo ministerial, relaciones mutuas...)
  2. Hay que devolver a nuestros votos el modo de vivirlos con relación a lo extraordinario, lo inusual y lo desmesurado del riesgo y apasionamiento por Jesús (“Ponme como un sello en tu corazón, como se pone un tatuaje en el brazo”: Cant. 8,6)
  3. Recordarnos a menudo la advertencia de Pablo (2 Cor 4, 7-10): “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria no viene de nosotros, sino de Dios. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; llevamos permanentemente en nuestro cuerpo el suplicio de Jesús, para que también la vida de Jesús se transparente en nuestro cuerpo”.
  4. Hemos de ser personas muy de verdad, en el seno de una cultura de hoy pero con antenas para las cosas de Dios.
  5. Tenemos que seguir considerando nuestra llamada como una predilección inmerecida, señal de amistad, don y regalo de la ternura de Jesús hacia nosotros.
  6. Tenemos que situarnos en la perspectiva y situación de los jóvenes, lo cual es un buen ejercicio para la oxigenación y libertad de nuestro espíritu. (Habitualmente estamos en contacto con ellos, pero eso no es suficiente).
  7. Las instituciones que hemos regentado hasta el presente han supuesto una losa (a la vez que herencia) ante las que los religiosos y, sobre todo, los religiosos jóvenes sienten un miedo lógico (estaban diseñadas para momentos de abundancia de fuerzas). Ellos se preguntan si les quedarán fuerzas para responder a las nuevas necesidades.
  8. Tenemos ocasión en estos días (una nueva gracia de Dios) de hacer una programación de la vida de nuestra Comunidad: si no son nuevos sus miembros, sí lo serán las circunstancias del nuevo curso. No rutinicemos la vida. No deleguemos en los otros. No antepongamos lo mío a lo de los demás. No pasemos por encima de la Comunidad. Hagamos participar a todos. Aportemos todos lo poco o mucho: ofrezcamos nuestra opinión sincera. Seamos entre todos exigentes. Démosle a Dios lo que le corresponde, que al César fácilmente se lo damos (Lc. 20, 25)...

Madrid, 28 de agosto de 2004

 

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