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Ejercicios de comunicación para hacer comunidad

("Frontera - Egian")

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Para orar al comienzo o final de las reuniones de comunidad

("Frontera - Egian"

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Revisión de vida

("Por un mundo mejor")

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Secretariado de Pastoral - Crónica de un verano

(P. José Ignacio Bilbao)

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Estamos leyendo y reflexionando en nuestras comunidades la exhortación apostólica “Vida Fraterna en Comunidad” (1994) del Magisterio de la Iglesia, el cual ha inspirado al prestigioso teólogo de Vida Religiosa, Amadeo Cencini, un libro que todos deberíamos leer por sus aportaciones sugerentes, prácticas, actuales y profundas tanto para nuestra vida individual como comunitaria; contribuiría a mentalizarnos y a tomar posiciones en los tiempos actuales tan difíciles y tan creativos al mismo tiempo. A continuación resaltamos algunas reflexiones suyas que están en la línea del contenido de este número de “Peralta”. Las presentamos a modo de pequeñas píldoras, numeradas, con el fin de hacerlas más digeribles:

  LA TORRE DE BABEL  

La vida consagrada es un “don divino que la Iglesia ha recibido de su Señor” (L.G.43). Su objetivo final es la Iglesia y el mundo. Posee un don que no ha recibido para sí misma, sino para la comunidad eclesial y civil. Y es fiel a ese don, es decir a sí misma, cuando lo da a manos llenas, lo comparte y lo pone a disposición de todos.
Hay mucho “individualismo religioso” en las personas consagradas, que en el mejor de los supuestos, piensan a nivel individual en su perfección personal; a nivel comunitario, les preocupan sobre todo sus planteamientos y estrategias, a menudo al margen de un proyecto global de Iglesia; y a nivel de familias religiosas, se orientan sobre todo a cerrarse o abrirse con criterios en cierto modo mercantiles que sólo contemplan sus propios intereses.
 La tentación de levantar una torre que llegue al cielo es la pretensión, ni más ni menos, de tener hilo directo con Dios… pero, si como dice la Escritura, este pecado se “celebra” además en grupo por varias personas, cuyo ambicioso proyecto común no logra convertirse en comunidad, serán castigadas con no poder relacionarse ni siquiera entre sí, mediante “la confusión de lenguas” (Gen.11, 7).
¿La vida religiosa está más preocupada por prestar servicios que por poner al alcance de todos su riqueza espiritual? ¿La crisis de la vida religiosa es sólo de orden pastoral (cómo sustituir las cosas que ya no van) o afecta a la credibilidad y al poder de atracción de un determinado mensaje? De nuestra espiritualidad ¿qué sabe la Iglesia, o la parroquia, o esa comunidad de fieles que está más cerca de nosotros y que es la destinataria de nuestros servicios? Digámoslo crudamente: la gente cercana o lejana a nosotros acepta o requiere, con más o menos agradecimiento, una serie de servicios y actividades, pero las razones para vivir, amar y sufrir las va a buscar a otra parte.

FRATERNIDAD ESPIRITUAL Y NUEVA EVANGELIZACIÓN

Un carisma que no empalma ni con la historia ni con la vida, que no se remite constantemente al ámbito vital en que ha nacido, que no sigue bien unido a las raíces eclesiales y sociales bien hundidas en la Iglesia y en el mundo que le han hecho nacer, acaba por morirse. Una vida religiosa que no se deje interpelar por los interrogantes e inquietudes de los hombres, sobre todo de los “alejados” que jamás se acercarán a un padre espiritual, corre el peligro de utilizar siempre el mismo lenguaje y de quedarse a las afueras de la ciudad humana, pronunciando unas palabras sin destinatarios porque cada vez son más incomprensibles y cada vez son menos comprendidas.
La necesidad de una nueva evangelización afecta muy de cerca a vida consagrada y le pide que adopte cada vez más el modelo de la fraternidad espiritual. El religioso no es sólo alguien que conoce y enseña doctrinas espirituales, sino que es alguien que está cerca de la gente y suscita en ella el deseo de Dios, en este tiempo “sin noticias de Dios” para muchos. Es más fácil que el hombre descubra que Dios está junto a él, cuando un hermano se le acerca y camina con él hacia Dios.
Fraternidad espiritual significa hoy voluntad de compartir, convencidos de que tenemos mucho que dar, pero también mucho que recibir. La comunidad religiosa no tiene con el mundo una relación puramente unidireccional, sino que lo reconoce como locus theologicus y planta su tienda en el campamento de los hombres.

  COMUNICACIÓN Y FRATERNIDAD  

“Para llegar a ser verdaderos hermanos y hermanas hay que conocerse. Para conocerse es muy importante comunicarse cada vez más y más profundamente” (VFC,29). La fraternidad no se crea con cualquier tipo de comunicación. Las comunidades pueden convertirse en mapas de desiertos silenciosos, que no desempeñan ningún papel educativo por causa de falta de lazos entre las personas, reflejo de la lejanía que hay entre sus corazones, del paralelismo de sus planes, de la soledad de sus itinerarios.
El valor de la comunicación y la necesidad de compartir en las comunidades no es un elemento de la cultura moderna, ni un requisito ajeno a la tradición religiosa, sino que forma parte de la naturaleza y de la historia de la vida consagrada (VFC,32). Por tanto, nadie debe pensar que esto de comunicarse y compartir en la comunidad religiosa es una moda pasajera o el último grito de la dinámica de grupos que se aplica por los pelos a la vida religiosa.. Todo el mundo tendría que sentirse moralmente obligado a adoptar esta actitud por difícil y antipática que parezca.
La misma exhortación apostólica VFC reconoce que para las personas consagradas “resulta una exigencia interior poner todo en común: bienes materiales y experiencias espirituales, talentos e inspiraciones, ideas apostólicas y servicios de caridad” (n.42)
Es evidente que la libertad debe presidir todo el proceso, pero una libertad educada, sensible a ciertos valores. Cada uno puede hacer lo que quiera, pero está claro que no puede considerarse y pretender que se le considere socialmente maduro si no siente el placer de compartir. No es libre el que no ha aprendido a dar y a recibir en la relación interpersonal, ni el que no ha caído todavía en la cuenta de lo mucho que la palabra de los demás le ha ayudado a crecer, ni se siente agradecido por ello.
Del amor brotan la necesidad y las ganas de comunicarse. Hace que se aprenda el lenguaje del interlocutor, genera benevolencia y simpatía y cultiva la atención y la escucha, dos premisas indispensables para una comunicación auténtica.

 

 

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