|
. |
|
|
Estamos
leyendo y reflexionando en nuestras comunidades la exhortación apostólica
“Vida Fraterna en Comunidad” (1994) del Magisterio de la Iglesia, el
cual ha inspirado al prestigioso teólogo de Vida Religiosa, Amadeo
Cencini, un libro que todos deberíamos leer por sus aportaciones
sugerentes, prácticas, actuales y profundas tanto para nuestra vida
individual como comunitaria; contribuiría a mentalizarnos y a tomar
posiciones en los tiempos actuales tan difíciles y tan creativos al
mismo tiempo. A continuación resaltamos algunas reflexiones suyas que
están en la línea del contenido de este número de “Peralta”. Las
presentamos a modo de pequeñas píldoras, numeradas, con el fin de
hacerlas más digeribles:
LA TORRE DE BABEL
 |
La vida consagrada es un
“don divino que la Iglesia ha recibido de su Señor”
(L.G.43). Su objetivo final es la Iglesia y el mundo. Posee un
don que no ha recibido para sí misma, sino para la comunidad
eclesial y civil. Y es fiel a ese don, es decir a sí misma,
cuando lo da a manos llenas, lo comparte y lo pone a
disposición de todos. |
 |
Hay mucho “individualismo
religioso” en las personas consagradas, que en el mejor de los
supuestos, piensan a nivel individual en su perfección
personal; a nivel comunitario, les preocupan sobre todo sus
planteamientos y estrategias, a menudo al margen de un proyecto
global de Iglesia; y a nivel de familias religiosas, se orientan
sobre todo a cerrarse o abrirse con criterios en cierto modo
mercantiles que sólo contemplan sus propios intereses. |
 |
La tentación de
levantar una torre que llegue al cielo es la pretensión,
ni más ni menos, de tener hilo directo con Dios… pero, si
como dice la Escritura, este pecado se “celebra” además en
grupo por varias personas, cuyo ambicioso proyecto común no
logra convertirse en comunidad, serán castigadas con no poder
relacionarse ni siquiera entre sí, mediante “la confusión de
lenguas” (Gen.11, 7). |
 |
¿La vida religiosa está
más preocupada por prestar servicios que por poner al alcance
de todos su riqueza espiritual? ¿La crisis de la vida religiosa
es sólo de orden pastoral (cómo sustituir las cosas que ya no
van) o afecta a la credibilidad y al poder de atracción de un
determinado mensaje? De nuestra espiritualidad ¿qué sabe la
Iglesia, o la parroquia, o esa comunidad de fieles que está
más cerca de nosotros y que es la destinataria de nuestros
servicios? Digámoslo crudamente: la gente cercana o lejana a
nosotros acepta o requiere, con más o menos agradecimiento, una
serie de servicios y actividades, pero las razones para vivir,
amar y sufrir las va a buscar a otra parte. |
FRATERNIDAD
ESPIRITUAL Y NUEVA EVANGELIZACIÓN
 |
Un carisma que no empalma
ni con la historia ni con la vida, que no se remite
constantemente al ámbito vital en que ha nacido, que no sigue
bien unido a las raíces eclesiales y sociales bien hundidas en
la Iglesia y en el mundo que le han hecho nacer, acaba por
morirse. Una vida religiosa que no se deje interpelar por los
interrogantes e inquietudes de los hombres, sobre todo de los
“alejados” que jamás se acercarán a un padre espiritual,
corre el peligro de utilizar siempre el mismo lenguaje y de
quedarse a las afueras de la ciudad humana, pronunciando unas
palabras sin destinatarios porque cada vez son más
incomprensibles y cada vez son menos comprendidas. |
 |
La necesidad de una nueva
evangelización afecta muy de cerca a vida consagrada y le pide
que adopte cada vez más el modelo de la fraternidad espiritual.
El religioso no es sólo alguien que conoce y enseña doctrinas
espirituales, sino que es alguien que está cerca de la gente y
suscita en ella el deseo de Dios, en este tiempo “sin noticias
de Dios” para muchos. Es más fácil que el hombre descubra
que Dios está junto a él, cuando un hermano se le acerca y
camina con él hacia Dios. |
 |
Fraternidad espiritual
significa hoy voluntad de compartir, convencidos de que tenemos
mucho que dar, pero también mucho que recibir. La comunidad
religiosa no tiene con el mundo una relación puramente
unidireccional, sino que lo reconoce como locus theologicus y
planta su tienda en el campamento de los hombres. |
COMUNICACIÓN Y FRATERNIDAD
 |
“Para llegar a ser verdaderos hermanos y hermanas hay que
conocerse.
Para conocerse es muy importante comunicarse cada vez más y más profundamente” (VFC,29). La fraternidad no se crea con cualquier tipo de comunicación. Las comunidades pueden convertirse en mapas de desiertos silenciosos, que no desempeñan ningún papel educativo por causa de falta de lazos entre las personas, reflejo de la lejanía que hay entre sus corazones, del paralelismo de sus planes, de la soledad de sus itinerarios. |
 |
El valor de la
comunicación y la necesidad de compartir en las comunidades no
es un elemento de la cultura moderna, ni un requisito ajeno a la
tradición religiosa, sino que forma parte de la naturaleza y de
la historia de la vida consagrada (VFC,32). Por tanto, nadie
debe pensar que esto de comunicarse y compartir en la comunidad
religiosa es una moda pasajera o el último grito de la
dinámica de grupos que se aplica por los pelos a la vida
religiosa.. Todo el mundo tendría que sentirse moralmente
obligado a adoptar esta actitud por difícil y antipática que
parezca. |
 |
La misma exhortación
apostólica VFC reconoce que para las personas consagradas “resulta
una exigencia interior poner todo en común: bienes materiales y
experiencias espirituales, talentos e inspiraciones, ideas
apostólicas y servicios de caridad” (n.42) |
 |
Es evidente que la
libertad debe presidir todo el proceso, pero una libertad
educada, sensible a ciertos valores. Cada uno puede hacer lo que
quiera, pero está claro que no puede considerarse y pretender
que se le considere socialmente maduro si no siente el placer de
compartir. No es libre el que no ha aprendido a dar y a recibir
en la relación interpersonal, ni el que no ha caído todavía
en la cuenta de lo mucho que la palabra de los demás le ha
ayudado a crecer, ni se siente agradecido por ello. |
 |
Del amor brotan la
necesidad y las ganas de comunicarse. Hace que se aprenda el
lenguaje del interlocutor, genera benevolencia y simpatía y
cultiva la atención y la escucha, dos premisas indispensables
para una comunicación auténtica. |
|